martes, 19 de junio de 2012


EL HALCÓN GRIS,  AL-BAZI AL-AXHAB

historia de un pícaro ladrón, que se convirtió en brigadier. 




En este artículo voy a variar un poco, para relatarles un hecho insólito, que ocurrió en Sevilla en el siglo XI, la historia del Halcón Gris. 
Este siglo se caracterizó por las crisis económicas y políticas que azotaban a los reinos de taifas que componían al-Andalus. A pesar de estos desequilibrios, floreció con fuerza el arte, la cultura y la ciencia. Esto fue posible, ya que cada rey o gobernante de un territorio más o menos extenso, deseaba tener la corte más fastuosa. Los reyes de taifas fueron los grandes mecenas de poetas, matemáticos, médicos, filósofos, laudistas, etc. Muchos soberanos andalusíes ejercían alguna o varias de estas cualidades. Para ellos era una forma de ostentar poder y al mismo tiempo emular la gloriosa época del califato cordobés. El rey taifa de Sevilla, en aquella época, se llamaba al-Mu´tamid. Sobre todo era poeta y gobernaba el reino más grande y poderoso de al-Andalus. 




Bajo su reinado, existía  un salteador de caminos llamado el “Halcón Gris” o en árabe al-Bazi al-Axhab. Era el ladrón más famoso de al-Andalus. Sus correrías por la campiña corrían de boca en boca. Con astucia robaba las mercancías, con ingenio hurtaba las joyas a las damas. Jamás empleó la violencia. Sin embargo, tenía atemorizado a todo aquel que transitaba por los caminos de la campiña. El Halcón Gris estaba felizmente casado y tenía varias hijas.
Un día, sus fechorías llegaron a su fin, cuando fue apresado por soldados. La justicia cayó sobre él con todo su peso y fue condenado a morir en la cruz junto a una carretera para que los campesinos y demás viajeros pudieran ver por sí mismos el cumplimiento de la sentencia. Tal  era la costumbre en aquella época.  
Esperando la muerte, se lamentaba el Halcón Gris por ver a su familia desolada al pie de la cruz. El calor y el polvo que levantaba la leve brisa ardiente, sólo hacía más insoportable aquella agonía. Su esposa y sus hijas lloraban viendo que la muerte se acercaba.  

-                             -   ¡Ay! – decía su mujer - ¡cuando tú mueras qué será de nosotras. Nos moriremos de hambre!

El Halcón Gris, con el cuerpo dolorido por la postura en la cruz, no lograba tranquilizar a su familia, cuando de pronto vio a lo lejos que venía un hombre tirando de su mula. El animal estaba cargado de telas y demás mercancías para ser vendidas en el mercado. Si bien aquella carretera solía ser transitada, no lo estaba en aquel momento de la tarde por el excesivo calor.
El Halcón Gris, agudizó su ingenio y no desaprovechó la oportunidad. Sacó fuerzas de dónde no las tenía y logró llamar la atención del viajante.  

-                                  -  ¡Eh, señor! – le gritó – me encuentro aquí como ves en una posición bastante desagradable, pero puedes hacerme un gran servicio del que sacarás gran utilidad.

                   - Cómo? – preguntó el otro
-                                   -  ¿Ves ese pozo ahí abajo?
-                                    - Sí  que lo veo.

-                    -  Muy bien. Pues has de saber que, cuando hice la tontería de dejarme prender por esos malditos civiles, eché cien dinares de oro a ese pozo que está seco. Si quisieras hacerme el favor de sacarlos, te daría la mitad. Mi mujer y mis hijas que ves aquí te guardarán tu mula hasta que acabes.- le explicó el ladrón. 

El ingenuo hombre, seducido por el lucro, decidió ayudarlo. Buscó una cuerda gruesa, ató un cabo a la orilla del pozo y se deslizó hasta el fondo, cuando el Halcón Gris gritó a su mujer desde la cruz:  

-                                  - ¡Ahora!   ¡corta la cuerda, tira de la mula  y  vete corriendo con las niñas!  La esposa del salteador reaccionó como un resorte.
La maniobra fue tan hábil que cuando el comerciante se dio cuenta del timo, sólo podía chillar y maldecir al condenado en la cruz.  

-          ¡Socorro! ¡Ayuda! – clamaba, pero no pasaba nadie por allí a esas horas.
    
Mientras, el ladrón desde la cruz podía observar cómo su mujer y sus hijas se alejaban cada vez más. Una sonrisa se dibujó en su rostro sudoroso, al tiempo que las lágrimas empañaban sus ojos.   

-          ¡Maldito seas! ¡Cuando salga de aquí te mataré con mis propias manos!  – chillaba el hombre desde el fondo del pozo.

El Halcón Gris no tenía nada que perder. Iba a morir de todas formas, pero se sentía tranquilo porque su mujer iba a poder sobrevivir al menos una temporada.

Finalmente apareció por allí un hombre que fue en auxilio del comerciante engañado. Tuvo que pedir ayuda a otra persona para poder subir a aquel hombre a la superficie.

-          ¿Qué le ha ocurrido, buen hombre? – le interrogó uno de los que lo salvaron
-          ¡La culpa es de ese maldito perro! – gritó mientras corría hacia la cruz del Halcón Gris. Me engañó, me robó mis mercancías. ¡Dios te castigue! ¡Arderás en el infierno! –
-          ¿Pero cómo fue eso posible, si este hombre está casi muerto en la cruz?
-          ¡No se dejen confundir! ¡Es un embaucador astuto y calculador! – se defendió alzando el dedo índice.

Este incidente fue llevado ante el cadí, y pronto en la ciudad no se hablaba de otra cosa. Habiendo comentarios para todos los gustos, muchos a favor del pícaro bandolero. Aquel día tanto se dijo de este incidente, que el rey al-Mu´tamid fue informado. Éste, sorprendido, lo mandó llamar para interrogarlo. Entonces el Halcón Gris fue descolgado de la cruz y llevado ante el rey al-Mu´tamid.

 Cuando estuvo en su presencia, éste le dijo:

-          Seguramente, tú eres el mayor sinvergüenza  que hay en el mundo. Ni siquiera teniendo la muerte tan cerca has renunciado a seguir robando.
-          ¡Ay! Mi señor, dios le guarde, – le respondió el ladrón – si supieras, como yo, lo apetitoso que es robar, tirarías al infierno tu manto real y no harías otra cosa.
-                            - ¡Pero, qué maldito pícaro eres! – exclamó al- Mu ´tamid, riéndose a carcajadas
         -¡Pero vamos, hablemos seriamente! – dijo el al-Mu´tamid. Si yo te perdonara la vida, te devolviera la libertad, te pusiera en estado de ganarte honradamente la existencia y te señalara un sueldo que bastara para satisfacer tus necesidades, ¿te enmendarías y abandonarías tu maldito oficio? - le preguntó el rey.
-                           -    Mucho se hace por salvar la vida, señor; hasta se enmienda uno. Confía, quedarás contento de mí.

Parece ser, que el Halcón Gris cumplió su palabra. Se ganó la confianza del rey de Sevilla, el cual, según dicen, lo nombró brigadier de civiles. Es decir que convirtió en los que lo habían apresado. Siendo brigadier inspiró tanto terror a sus antiguos compañeros y compadres,  como él había inspirado antes a los viajeros.
Espero que esta historia les haya gustado. 

Elisa Simon 

BIBLIOGRAFÍA:

-          Al-Maqqari, “Kitab Nafh al-tib”
-          Reinhart Dozy, “Historia de los musulmanes de España” tomo IV. Ed. Turner
-          Pilar Lirola Delgado, “Al-Mu´tamid y los Abbadíes”. Ed. Al-Andalus 711-2011
-          Miguel José Hagerty, “al-Mu´tamid poesía”. Ed. Antoni Bosch
-          Claudio Sanchez-Albornoz, “La España Musulmana” tomo II. Ed. Espasa-Calpe
-          A.Friedrich von Schack, “Poesía y arte de los árabes en España y Sicilia”.Ed. Hiperión  

1 comentario:

  1. ¿Sabes por qué el apelativo de halcón gris?. Muy fácil, porque tenía ingenio, agudeza para salir airoso de cualquier problema y eso solo se consigue utilizando nuestra materia gris, es decir; el cerebro. Ojalá cerebros como esos vuelvan algún día y de forma pícara nos puedan ayudar a paliar las desgracias que últimamente están ajando más nuestro país. Como siempre, genial Elisita, es un placer el leer tu blog.

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