domingo, 22 de julio de 2012

DESEMBARCO DE LOS MAYUS EN SEVILLA AÑO 844


DESEMBARCO DE LOS MAYUS EN SEVILLA AÑO 844

Por Elisa Simon
  
Esta historia transcurre en el siglo IX de al-Andalus, durante  el Emirato Omeya de Abd al-Rahman al- Awsat II (822 – 852). Un emir de erudita educación, que heredó un vasto territorio, aún sin consolidar, con rebeliones muladíes. La economía era próspera, por lo que las arcas emirales gozaban de buena salud. 

Mientras el emir disfrutaba en Córdoba, capital del emirato omeya, de la caza, el fasto y las mujeres, en otras ciudades de al-Andalus se seguía produciendo el lento pero sin cese cambio cultural entre la población. 

En aquella época, Sevilla, seguía un proceso de crecimiento y cambios. Elementos arquitectónicos preexistente, se reutilizaron. Se construyeron nuevos edificios, sobre los visigodos, que a su vez estaban situados sobre el original romano. De esta manera, sobre el antiguo foro y una Iglesia visigoda, se construyó la mezquita aljama y el zoco. Las casas mediterráneas con patio y huerta se entremezclaron con los baños públicos o hammamat, zocos y edificios oficiales, todo ello enmarcado dentro de un entramado laberíntico y amontonado de calles, callejas, adarves, plazas y plazuelas. 

La ciudad estaba salpicada de pequeños brazos del gran río, que iban confluyendo en otros brazos más grandes hasta unirse al gran río que muere en el mar. El wadi el-kebir (Guadalquivir), permitía la navegación en embarcaciones de gran calado hasta unas millas más arriba de la aglomeración urbana. Según los expertos, el puerto pudo haber estado entre las llamadas puertas del Carbón y del Arenal  (Bab Abul-Qalis y al-Faray). Esta ciudad formaba parte de la vía comercial tanto marítima como terrestre. Gracias al río, Sevilla se comunicaba con el Estrecho, por la vía de Algeciras. Sin embargo, esta populosa ciudad, sólo estaba protegida por la vieja y precaria muralla romana y carecía de destacamento militar.     

En líneas generales, este era el aspecto de Sevilla del 844, cuando de repente, un batallón de “hombres del norte” irrumpieron en la paz y prosperidad sevillana. ¡Eran los vikingos!

Los andalusíes los llamaron al-Mayus – adoradores del fuego, magos o al-Urdumaniyyun (nordmanni – hombres del norte). Los mayus protagonistas de esta historia procedían de Jutlandia y las islas que la rodean (Dinamarca).
Este pueblo era gente ruda, valientes guerreros, magníficos marinos y constructores de drakkar. En su tierra eran agricultores y ganaderos. Pasaban los fríos inviernos encerrados en sus casas con hogar, donde ocupaban el tiempo en trabajos manuales, como hermosas piezas de madera talladas, mientras que las mujeres tejían y realizaban otras labores. 
Los hombres juraban fidelidad a su rey, que era elegido en Asamblea. Sentían un fuerte arraigo a la familia y posición social, defendiendo su honor y el de los suyos, incluso con la muerte. Solían ser polígamos, aunque el ama de casa era solo una, que se diferenciaba de las concubinas, porque llevaba colgado al cinturón el manojo de llaves de su casa y granja. Los hombres del norte contribuyeron a mejorar las técnicas de construcción de barcos, así como las de la navegación.


La primera aparición de los mayus en las costas Atlánticas de la Península, fue en el 844. La razón de su llegada, fue fruto de la casualidad. Estos rudos hombres de mar estaban azotando el país de los francos, cuando fueron sorprendidos por un fuerte viento del norte que los llevó hasta las costas peninsulares. Tanto los asturianos como los gallegos les ofrecieron resistencia, por lo que decidieron continuar su viaje hacia el sur, bordeando el Atlántico.  
Hasta que encontraron la desembocadura del río Tajo, en la ciudad de al-Usbunna (Lisboa) ¡Los mayus habían entrado en tierras de al-Andalus!

El miércoles 20 de Agosto 844 los musulmanes de al-Usbunna (Lisboa), se sorprendieron cuando vieron llegar al estuario del Tajo a unos 54 bajeles normandos y otras tantas embarcaciones más chicas. “Se podría decir que llenaban el océano de pájaros de color rojo oscuro, del mismo modo que llenaban los corazones de pena y tristeza.” – comentó ibn Idhari.

¿Quiénes eran esos hombres? La población aterrada salió corriendo, cuando aquellos hombres de piel blanca y cabellos largos rojos gritaron “¡Berserkers!”, al tiempo que alzaban sus hachas al cielo y corrían hacia tierra firme. Los andalusíes nunca habían visto hombres de semejante estatura y tan fornidos. Llevaban unos chalecos de cuero y enfundados en piel de oso, provocaron el pánico en la ciudad. No menos aterrador eran sus embarcaciones. Az-Zuhri nos dice: “tienen la proa y la popa altas, de modo que pueden moverse en cualquiera de las dos direcciones por el agua, y las velas son cuadradas.”
El Gobernador de al-Usbunna, Wahb Allah ben Hazm, envió de inmediato mensajeros a Córdoba para advertir al Emir Abd al-Rahman II de esta presencia amenazadora en tierras de al-Andalus. 


al-Usbunna tuvo que soportar muchos días de saqueos, muertes y violaciones. El Emir Abd al-Rahman II, envió emisarios con instrucciones a todos los walíes o gobernadores con mando en las provincias costeras para que estuvieran alerta.
Los mayus, por su parte, después de arrasar al-Usbunna, continuaron su travesía, exhibiendo los drakkar, a lo largo de las costas andalusíes, buscando un nuevo río que remontar.

Fue entonces cuando encontraron la desembocadura del río Guadalquivir. “A 60 millas de la ciudad de Sevilla, la marea llegaba hasta ella, gran río en el que entraban las embarcaciones de gran tonelaje (al-sufun al-kibar).” – relató un cronista.
Una parte de la expedición continuó algo más al sur, saqueando Cádiz y Medina Sidonia, mientras que el grueso de los drakkar se adentraron en el estuario del río.


Mientras remontaban el gran río, los guerreros del norte, se sorprendieron de las fértiles tierras y de las marismas con islas fluviales, entre Sevilla y el mar. El río cruzaba una región pantanosa y cubierta por buenos pastos. Luego, su curso se dividía en dos brazos a lo largo de una quincena de kilómetros para unirse otra vez formando así una isla, llamada Yazira Qabtal - Captel (Isla Menor). En esta isla establecieron su cuartel general, donde anclaron 80 drakkar, el 29 de Septiembre de 844. Desde allí realizaron continuas incursiones en los alrededores, aprovechando los caballos que en dicha isla se criaban.

Al día siguiente, cuatro drakkar realizaron un viaje de reconocimiento 4 millas río arriba hasta llegar a Qawrah (Coria del Río). Allí se situaba el  puerto fluvial de Sevilla, a unas 12 millas de la ciudad. Los habitantes de Qawrah, sorprendidos, huyeron como pudieron mientras que otros murieron defendiéndose. Cuando estas terribles noticias llegaron a la ciudad de Sevilla, la población huyó despavorida, incluido su Gobernador. Unos pocos hombres decidieron quedarse, para defender la ciudad, que no contaba con un destacamento militar y sus murallas eran precarias. Tres días más tarde, a comienzos de Octubre, la flota normanda al completo se preparó para continuar su navegación río arriba. Llegaron a Sevilla, ya de noche, tal como era habitual en las tácticas vikingas. A la mañana siguiente aparecieron en primer lugar junto a al-fajjarin (arrabal de los alfareros).
Unos pocos valientes salieron a su encuentro, pero fueron atacados por flechas incendiarias. 
Comenzaron siete largos y angustiosos días, de intensos saqueos y luchas desiguales. Las lagunas y brazos del río permitieron a los mayus llegar con rapidez hasta el corazón de la medina. La mezquita aljama fue pasto de las llamas por las flechas incendiarias, al igual que muchos otros edificios. La gente corría despavorida pero eran alcanzados por las espadas y hachas de los nórdicos. En una mezquita pequeña, donde  se habían reunido unos pocos ancianos para rezar, murieron calcinados y la mezquita casi destruida. Más tarde, una vez reconstruida recibió el nombre de mezquita de los Mártires (masyid ash-shuhadá).
“Fueron tantos los muertos y cautivos que resulta imposible contarlos, nadie quedó con vida, fueran mujeres, hombres, niños, bestias, ganado o aves y todo lo que alcanzaban sus espadas y sus flechas”. – dijo un cronista. La ciudad quedó desierta, silenciosa, destruida.      
Los mayus, exaltados, llenaron sus drakkar con el botín obtenido y se llevaron a los cautivos a su isla Yazira Qabtal. 

Los días y las semanas fueron pasando, mientras el emir Abd al-Rahman II se afanaba en organizar la estrategia de defensa. Movilizó todas las tropas del territorio andalusí, mientras los hombres del norte hostigaban Sevilla sin piedad. Cuando en la ciudad ya no quedaba botín alguno, decidieron adentrarse en sus alrededores, en dirección a Córdoba. En esta ocasión emplearon los caballos de Yazira Qabtal, demostrando su destreza en tierra, cabalgaron a sus anchas.
Durante todo el mes de Octubre, los mayus divididos en grupos, se dispersaron por la campiña y el Aljarafe, sembrando el terror, destruyendo y obteniendo un buen botín y prisioneros. No fue hasta comienzos de Noviembre, cuando el emir logró reunir a todos los contingentes andalusíes.
Ordenó salir hacia Sevilla un cuerpo de caballería con sus mejores generales: ´Abd Allah ben Kulayb, ´Abd al-Wahid al-Iskandaraní y Muhammad ibn Rustum.


¡Por fin las tropas del emir llegaron a Sevilla! Tomaron posiciones en la zona alta del ash-Sharaf (Aljarafe). A este gran ejército se unió pronto un cuerpo de infantería.
Córdoba, por su parte, no podía quedar sin soldados. De ahí que el Emir ordenó que vinieran los destacamentos de las provincias del interior para defender la capital del Emirato. Estos contingentes estaban a las órdenes del hombre de confianza del emir, el eunuco Nasr.

Pronto entablaron contacto con los mayus, que a su vez habían recibido refuerzos. Se sucedieron emboscadas, ataques y batallas donde los andalusíes mostraron su capacidad defensiva en tierra. 
El eunuco Nasr organizó una gran emboscada contra un contingente de mayus que marchaba a Morón, donde murieron muchos de ellos.
Esta noticia llegó a Sevilla provocando preocupación entre los hombres del norte y una fuerte energía de ánimo entre la menguada población, suficiente como para enfrentarse a ellos mientras llegaba el grueso del ejército andalusí. Ante esta nueva situación, los mayus pusieron tierra de por medio y se retiraron a Yariza Qabtal.


El día de la gran batalla fue el día 11 de noviembre 844, un poco al sur de Sevilla a dos millas, en Tablada. En esta zona vasta y llana, el ejército andalusí al mando del general ibn Rustum y los contingentes de Nasr, atacaron por los cuatro costados. Arqueros y lanceros, infantería y caballería marchaban al ritmo de los atabales. Banderas y estandartes con alabanzas a dios, ondeaban en el aire. En frente, los mayus que ya habían desembarcado en masa, agitaban sus espadas y hachas al cielo, cubiertos con cascos que les protegían la nariz y los escudos redondos parecían no temer al ejército oponente. Al grito de “Allah hu Akbar” y “Berserkers” se enfrentaron los valientes guerreros. El campo de Tablada se convirtió en un enmarañado y sangriento campo de muerte. Golpes de sables chocaban unos contra otros, los arqueros hincando sus rodillas oscurecían el cielo con cientos de flechas. Los corpulentos mayus tiraban de los caballos a los soldados del emir. La lucha cuerpo a cuerpo era un esperpento de violencia. Hachas, lanzas, dagas, sables, sangre, polvo, sudor, gritos, rabia, lágrimas, se sucedían sin tregua. En lo más trágico de la batalla ibn Rustum, ordenó a un grupo de su caballería que se interpusiera entre las naves y los normandos. Los mayus no pudieron refugiarse en sus drakares. Quedaron acorralados. Murieron cerca de 1000 y unos 400 fueron hechos prisioneros, muchos de los cuales fueron ejecutados y exhibidos, tal como era costumbre. La derrota de los mayus fue proclamada por todos los rincones de al-Andalus. Los grandes héroes de esta historia fueron el general ibn Rustum y el eunuco Nasr.

Los fugitivos que lograron embarcarse en sus drakkar, pusieron rumbo al sur. Durante esta travesía de huida, fueron recogiendo a los demás que se encontraban a su paso. La gente de los pueblos costeros del río les tiraraban piedras con hondas desde la orilla, mientras los maldecían y lloraban a sus muertos. Los mayus decidieron entonces negociar con el  Emir. Ellos liberarían a los prisioneros a cambio de ropa y víveres, ya que les quedaba un largo camino de regreso al norte. Abd al-Rahman II no se fió y envió a los héroes de la batalla de Tablada a un nuevo combate. Los hombres del norte no se esperaban esta reacción. Desprevenidos, fueron perseguidos y acorralados. En aquella ocasión, el líder de los mayus fue muerto, mientras muchos otros huían hacia sus barcos. Un grupo de los hombres de ibn Rustum lograron abordar unos cuantos bajeles. Las saquearon y las incendiaron. Los drakkar restantes con su tripulación huyeron. Intentaron regresar a Yazira Qabtal, pero fue en vano. Quince embarcaciones andalusíes (sufun) ya los estaban esperando. Enfurecidos partieron en sus temibles barcos hasta la desembocadura del río Odiel, donde se detuvieron en la isla de Saltés. Como represalia, los hombres del norte asaltaron y arrasaron la ciudad de Niebla y otras localidades cercanas. Siguieron las costas del Algarve, arribando nuevamente a Lisboa, donde fueron vistos por última vez…ese año.  


No todos los normandos abandonaron al-Andalus, hubo un reducido número que se quedó, se dispersó al este y sudeste de Sevilla, por tierras de Carmona y Morón. Adoptaron el Islam, se dedicaron en el valle del Guadalquivir a criar ganado y a la industria lechera. En lo sucesivo esta pequeña colonia de muladíes de origen normando había de surtir a Sevilla y Córdoba de unos exquisitos quesos que fueron muy reputados en al-Andalus.

La consecuencia de este ataque normando, fue el refuerzo y construcción de nuevas murallas en las grandes ciudades. En Sevilla se construyó unos astilleros, llamados dar al-sina´. El emir se ocupó de mandar construir una red de defensa del litoral andalusí. Fue así como las costas de al-Andalus se llenaron de tala´i (atalayas) o torres vigías, ribats(fortalezas costeras) donde vivían monjes-guerreros que llevaban tanto una vida ascética como militar. En la campiña se construyeron qal´a(fortalezas situadas cerca de las grandes ciudades). Las imponentes alcazabas comenzaron a otear, desde la parte más elevada de las ciudades para adelantarse al enemigo.  

Esta historia de los mayus tiene continuación. Al año siguiente del ataque vikingo, el Emir envió a tierras de los hombres del norte al poeta y diplomático, apodado al-Ghazal junto con un selecto séquito para sellar la paz entre ambos pueblos. Pero esta es otra historia…
  
Nota:

Drakar: embarcación de mercancía y de guerra, propia de los hombres del norte. 
A los pocos años de vivir en Sevilla, creo recordar que se encontraron restos de un drakar en la zona de la Plaza Nueva, cuando se estaban haciendo unas obras. 

Fotos:

Tapiz de Bayeux: Lienzo bordado del siglo XI, que relata la conquista de Inglaterra por los normandos (batalla de Hastings). El tapiz se exhibe en Bayeux (Normandía)

Bibliografía:

- Historia de España tomo IV  - Menendez Pidal

-“Los vikingos en España”  - A. Machado y Alvarez , traducción de la obra de Dozy “Recherches” II. Polifemo – Madrid 1987.

-“Los vikingos, reyes de los mares” - Yves Cohat- Aguilar Universal – Madrid 1989

-“El poder naval de al-Andalus en la época del Califato Omeya”
Jorge Lirola Delgado  - Universidad de Granada – 1993

-“Tratado de Arquitectura hispano-musulmana II
  Ciudades y fortalezas – de Basilio Pavón Maldonado – CSIC

-“Sevilla Islámica” 712 – 1248  de Jacinto Bosch Vilá - Universidad de Sevilla 

-“Sevilla en la Baja Edad Media”  - Antonio Collantes de Terán 
Excmo. Ayuntamiento de Sevilla 1984

domingo, 8 de julio de 2012


´ABBAS IBN FIRNAS  “el hakim al-Andalus”


El primer hombre que se atrevió a volar como los pájaros. 


Por Elisa Simon 


Ronda, ciudad natal de Abbas ibn Firnas 

El ser humano es por naturaleza curioso, busca respuestas a todo lo que le rodea. En esta gran aventura del saber, al-Andalus ocupa un lugar preeminente, ya que muchos  de estos sabios universales eran andalusíes. Uno de ellos fue Abu l-Qasim ´Abbas Ibn Firnas ibn Wardas. 


Ronda, ciudad natal de Abbas ibn Firnas 

Nació en el año 810, en la bella ciudad de Ronda, en la provincia de Málaga. En aquellos tiempos se llamaba  Takoronna y formaba parte del Emirato de ´abd al-Rahman II.

´Abbas Ibn Firnás, desde muy joven mostró inquietud y curiosidad por casi todo. Pronto se trasladó a Córdoba, donde se formó académicamente y gracias a sus dotes poéticas logró entrar en la corte del emir abd al-Rahman II, donde Ibn Firnas coincidió con otros sabios como el músico y cantor persa Ziryab, el cual innovó y revolucionó las costumbres en al-Andalus y Yahya al-Ghazal, médico y diplomático de ´abd al-Rahman II, quien realizó embajadas importantes en nombre del emir a Bizancio o a la tierra de los mayus (los vikingos). 

http://dealandalusasefarad.blogspot.com.es/2012/08/embajada-de-al-ghazal-tierras-de-los.html


Ibn Firnás se mantuvo en la corte a la muerte del emir y prestó juramento de fidelidad a su hijo y sucesor el emir Muhammad I.

Nuestro protagonista debió resaltar por su carácter audaz. Era un ser con gran imaginación y un ingenio inmenso. En la corte  se dedicaba a la poesía para el deleite del emir. Tenía también la responsabilidad de vaticinar el futuro con la ayuda de la astrología. Ibn Firnas, además dedicaba gran parte de su tiempo a la investigación e inventiva de artilugios. Para algunos cortesanos, debió parecer un hombre extravagante, sufrió la envidia y los celos de sus detractores. Era un hombre con buen físico, de carácter despierto, que cultivó distintas y variadas facetas culturales y científicas.

El cronista Ibn Hayyan dijo de él: 

realizó importantes descubrimientos científicos y que fue inventor de ciertos aparatos y artificios que reportaron beneficio y provecho a los andalusíes”… “inventaba objetos curiosos y dignos de reyes, artilugios maravillosos y que causaban asombro, con bellas figura y movimientos fantásticos por sus cambios de color y por hacer vaciar las aguas de las albercas y de otros lugares. Para erigir sus estatuas en el palacio y cuidar de su estructura mecánica, pidió ayuda a Asbag, maestro de los carpinteros, a quien enseñó cómo actuar…según las técnicas de su arte.”  





El historiador y científico Julio Samsó  en su libro “La Ciencia de los Antiguos” dice que, con Ibn Firnas puede considerarse, que la ciencia y la tecnología andalusí empieza a mostrarse productiva, pese a que no se trate de un auténtico hombre de ciencias, sino más bien un cortesano con mucha curiosidad y que supo aprovechar sus conocimientos.

Ibn Firnas construyó e inventó artilugios para distintos usos. Ibn Firnas construyó un reloj de agua llamado al-Maqata para el emir Muhammad I. Se trataba de una maquina que funcionaba por el impulso del agua que caía de un recipiente en otro por unos orificios o válvulas que se abrían y cerraban, regulando el paso del agua y así medían el tiempo. 

Gracias a Ibn Firnas, el occidente islámico conoció la técnica de la talla del cristal de roca. Ibn Firnas inventó una fórmula para la fabricación del cristal obtenido de elementos minerales, que se puso en práctica en los hornos de Córdoba. Este descubrimiento incentivó la industria del vidrio.   

Durante el emirato de ´abd al-Rahman II se produjo un importante auge en la astronomía y la astrología. No solo por el interés del emir en estas ciencias, sino también por una serie de fenómenos astronómicos ocurridos durante su gobierno. Hubo un eclipse solar casi total, luego un cometa atravesó el cielo de Córdoba, la ciudad fue testigo de una lluvia de estrellas fugaces y hacia el final de su emirato al-Andalus sufrió terribles inundaciones causando la desaparición de multitud de aldeas y pueblos. Quizá con la idea de tranquilizar la ansiedad de ´abd al-Rahman II, Ibn Firnas se ocupó de crear una esfera armilar. Este instrumento sirvió para fijar la posición de los astros en el cielo. Consistía en una serie de anillos insertados unos en otros. Cada uno con sus correspondientes escalas de medición, representando el ecuador, el horizonte, el zodíaco, etc. Estos anillos giraban en torno a un eje que no era otro que el polo norte y el polo sur.



 En relación con la astronomía, nuestro personaje estudió y empleó por primera vez en al-Andalus las tablas astronómicas de Sindhind originario de la India y que llegó al mundo musulmán de la mano de al-Jwarizmi. Estas tablas constituyen un sistema matemático astronómico para medir los ciclos del universo conocido.

Insistía Ibn Firnas en la observación del firmamento. Dicen las crónicas, que Ibn Firnás elaboró una esfera de cristal y en su interior plasmó una representación del cielo con estrellas y nubes, no contento con esto, construyó un mecanismo de luces y sonido para imitar los rayos y truenos. 




Ibn Firnas es reconocido por estas hazañas científicas y técnicas, pero lo que convirtió a nuestro científico intrépido en un hito fue su tenacidad por intentar volar. Se pasaba horas y días observando los pájaros, los murciélagos y distintas aves. Su idea de volar se convirtió casi en una obsesión. 
La paciencia de su esposa debió alcanzar su máximo exponente, cuando advirtió que su marido estaba dispuesto a tirarse al vacío para ver si podía volar como los pájaros. Ibn Firnas debió de tranquilizarla, cuando le explicó que lo haría con ayuda de un artilugio. ¿Otro? Pensaría ella. La historia de la aviación cuenta, que Ibn Firnas observando las aves, estudió distintas formas de planear. Durante unos años estuvo construyendo una obra de ingeniería jamás visto hasta el momento. Buscó la madera adecuada para construir unas alas, que luego forró con tela de seda. Pensó que quedaría más bonito si las adornaba con plumas de aves rapaces. Los brazos del “aviador” irían sujetos a las alas de madera. 

Esta máquina de volar parece ser que estuvo provista de algún tipo de mecanismo para controlar el vuelo. La cuestión es que en Córdoba no se hablaba de otra cosa, cuando el extravagante Ibn Firnas dio la noticia. Había convocado a los cordobeses a los pies de la Arruzafa, para que pudieran ser testigos del primer vuelo del hombre. Sus enemigos no tardaron en intentar desacreditarlo. Llegó el día fijado, una multitud se agolpó en los alrededores de la Ruzafa, hermosa almunia en las afueras de Córdoba. El gentío soltó un grito de asombro y señaló con el brazo a las alturas, cuando vieron aparecer a Ibn Firnas al borde de la colina, se colocó sus alas, fijó sus brazos a ellas, hizo un leve movimiento para ver si funcionaba el mecanismo y con toda la ilusión del mundo se lanzó al vacío. 


¡Su corazón casi estalló de alegría! Planeó durante algunos minutos. Estaría maravillado de las vistas desde las alturas. La muchedumbre, eufórica, lanzaba gritos entusiasmados, otros injurias, sus enemigos expectantes deseaban que algo saliera mal. El emir desde las terrazas de su alcázar logró ver al hombre-pájaro planear. Todo iba bien, hasta que el vuelo comenzó su descenso. Había llegado el momento del aterrizaje. Ibn Firnas veía cómo el suelo estaba cada vez más cercano, veía que la velocidad que llevaba no le permitiría realizar una toma de tierra gradual. ¡Oh dios! Pensaría el pobre Ibn Firnás cuando se percató del inevitable batacazo contra el suelo. La multitud comenzó a agitarse al prever lo que estaba a punto de ocurrir. Ibn Firnás no pudo evitar el doloroso y espectacular impacto con sus nalgas y sus piernas contra el suelo. Dio varias volteretas hasta que quedó tendido e inmóvil. Aquella aventura la costó meses de reposo, parte del cual debió hacerlo boca abajo hasta curar las heridas traseras. La esposa de Ibn Firnas resignada lo cuidó, pero al menos consiguió tener a su inquieto marido durante meses tranquilito en casa. Sus enemigos se mofaron de él:  

“¡Quiso aventajar al grifo en su vuelo,
y sólo llevaba en su cuerpo
las plumas de un buitre viejo!”
A pesar de que Ibn Firnás no tuvo en cuenta construir una cola en el mecanismo, como él mismo luego reconoció, no deja de ser un hecho científico asombroso y de suma importancia en el año 852 en al-Andalus. ´Abbas Ibn Firnás se repuso de aquel accidentado intento de volar. Continuó su labor investigadora y científica bajo el emirato de Muhammad I. Ibn Firnás murió a la avanzada edad de 77 años en Córdoba.

´Abbas Ibn Firnás es conocido y reconocido en los círculos astronómicos españoles. En su Ronda natal han inaugurado hace unos años un centro astronómico que lleva su nombre. 
Recién en el 2011 la ciudad de Córdoba lo homenajeó dando nombre al nuevo puente sobre el Guadalquivir.  
En el mundo árabe se lo considera casi como un héroe ibn Firnas es estudiado en las escuelas y es un personaje histórico muy conocido. Se han emitido sellos que llevan su imagen, en la carretera que lleva al aeropuerto de Bagdad hay una estatua en su honor, y uno de los aeropuertos de la misma ciudad lleva su nombre. En el Mall Ibn Battuta de Dubai hay una representación en maqueta colgada del techo con la imagen de Ibn Firnás volando.

Un pionero de la aviación, siete siglos antes de Da Vinci y once siglos antes de los hermanos Wright.


BIBLIOGRAFIA:

-          Julio Samsó:  “La ciencia de los antiguos” . Edición de la Fundación Ibn Tufayl de Estudios Arabes. www.ibnfutayl.org
-          Elías Terés: “´Abbas Ibn Firnas” al-Andalus XXV (1960)
-          Elías Terés: “sobre el vuelo de Ibn Firnas” al-Andalus XXIX (1964)
-          Ibn Hayyan: “Muqtabis”
-          Menéndez Pidal “Historia de España – vol. IV”. Traducción e introducción por Emilio García Gómez. Ed. Espasa-Calpe
-           Thomas F.Glick “Tecnología, ciencia y cultura en la España medieval” Ed. Alianza Universidad
-          Juan Vernet “Lo que Europa debe al Islam de España” Ed. Acantilado
-          Una descripción anónima de al-Andalus, traducción de Luis Molina CSIC 1983
-          Sa´id al-Andalusí “Libro de las categorías de las naciones” , trad. Felipe Maíllo Salgado. Ed. Akal 
- imagen: www.1001inventions.com 

PARA SABER MÁS: 


http://www.saudiaramcoworld.com/issue/200806/flights.of.fancy.on.manmade.wings.htm

http://www.grouporigin.com/clients/qatarfoundation/chapter2_7.htm

viernes, 29 de junio de 2012


La Partida de ajedrez del visir Ibn Ammar

Relato de cómo el visir Ibn ´Ammar salvó a Sevilla gracias a una ingeniosa partida de ajedrez contra el rey Alfonso VI 


Por Elisa Simon 



El siglo XI se caracterizó por ser convulso a nivel político y económico, sin embargo fue de lo más fructífero y sublime a nivel cultural y científico. Uno de los personajes del siglo XI andalusí fue Abu Bakr Ibn Ammar(1), de orígenes humilde, nacido en el Algarve portugués(2), logró entrar en la corte literaria de Sevilla, gracias a sus dotes para la poesía. Entabló amistad con el príncipe heredero, que años más tarde se convertiría en al-Mu´tamid(3)rey de Sevilla.

Tanto Ibn Ammar como al-Mu´tamid eran excelentes poetas, de los mejores del siglo XI. Famosas fueron sus correrías de juventud en Silves, las fiestas rociadas de vino y rodeados de bellas mujeres en el palacio de al-Xarajib. 


En el 1069, cuando su buen amigo se convirtió en rey, éste lo nombró su visir(4). Ibn Ammar se ocupó de la política exterior de la taifa. El visir empleaba sus dotes de seducción, tales como su simpatía, amabilidad, exquisita educación y exotismo andalusí para lograr lo mejor para la taifa de Sevilla o bien para sí mismo. Su personalidad y amistad con al-Mu´tamid así como sus decisiones y actuaciones no siempre fueron del agrado de todos.
     
La historia que les voy a contar es un fragmento del relato que estoy escribiendo sobre la vida del rey al-Mu´tamid. 

Ocurrió hacia el año 1078, cuando el ejército cristiano encabezado por Alfonso VI, rey de León(5), se instaló a las afueras de Sevilla, con la idea de asediarla.


rey de León, Alfonso VI


Mientras el rey leonés se acomodaba en su tienda del campamento cristiano, en el alcázar de al-Mubarak(6), el rey al-Mu´tamid e Ibn Ammar conversaban buscando una solución a la tensa situación.  

-  El cristiano intenta provocarte, Sahib. Con la arrogancia que le caracteriza hace alarde de lo que podría ser capaz. No es más que una táctica de desgaste y no deberíamos caer en su provocación. – opinó el visir, mientras fijaba su mirada en el rey, que estaba sentado.   

-         -  Llevas razón, Abu Bakr - asintió en monarca - Las reuniones mantenidas hasta ahora no han dado resultados favorables a nosotros. Alfonso nos está enseñando los dientes. La verdad es que mis ejércitos son menos numerosos y sería un suicidio enviarlos a luchar contra la división militar cristiana. Mi margen de maniobra es limitado, porque no puedo contar con la lealtad de nuestros hermanos taifas. Debemos buscar una alternativa, ingeniosa. Deberíamos atacar por su lado más débil – dijo el rey de Sevilla en voz baja, mientras se acariciaba la barba con una mano.    

-      -  Conocemos sus debilidades, ra´isy - contestó Ibn ´Ammar - El señor de León sería capaz de matar por algo de sublime belleza. Sabemos cómo es capaz de encapricharse y no cesa hasta conseguirlo – continuó el visir. 
 - Mi señor, - exclamó con entusiasmo - me estás dando una idea un tanto rocambolesca, que sin embargo podría solucionar esta incómoda situación – prosiguió ibn Ammar, mientras paseaba por la sala recubierta de alicatados y yesería.  
    De pronto, se quedó parado en el sitio, alzó la cabeza, se giró y le sonrió al  soberano  - ¡Ya lo tengo! – gritó el visir, sacando de su letargo al rey, que seguía desparramado en el trono.      

Sin perder tiempo, Ibn Ammar, ordenó a los mejores artesanos ebanistas fabricar un juego de ajedrez de sublime belleza y exquisito gusto. Poco tiempo después, recibió en al-Mubarak uno de los ebanistas con sus 3 hijos. Le presentaron un juego de ajedrez, “cuyas piezas estaban talladas en madera de ébano, sándalo y aloe con bellísimas incrustaciones de oro”. Los trebejos, formaban figuras abstractas, redondas unas, puntiagudas otras. El shah, se distinguía por sus insignias talladas en el frontal de la pieza.  Aquellas delicadas  figuras fueron labradas para un rey. El tablero monocromo, por su parte, era una maravilla de perfección.

“…ocho hileras. Hilera tras hilera, en todas hay grabadas sobre una tabla ocho divisiones; son las hileras cuadros taraceados donde las tropas se mantienen apiñadas…”    +

Ibn Ammar se preparó para su salida de Sevilla acompañado de un pequeño séquito con escolta. Cuando llegaron al campamento cristiano, Ibn Ammar hizo correr la voz, de que tenía en posesión un juego de ajedrez de extraordinaria belleza, incluso hizo alarde de él mostrándoselo a los consejeros castellanos. Los comentarios llegaron a oídos del rey Alfonso. El plan estaba saliendo tal como el visir había pensado. El  monarca leonés lo recibió con gran cordialidad, como era costumbre entre ambos. El suelo de la jaima estaba cubierto por alfombras andalusíes, rojas y azules, tejidas en los talleres de Almería. 

De las paredes colgaban hermosos tapices en colores vivos. El centro lo ocupaba la silla del monarca, tallada en madera y una mesa de madera robusta. Encima de ella había un crucifijo, los enseres de escribir, y unos legajos enrollados. A un lado se situaba otra mesa más pequeña y redonda, labrada con taracea, que tenía encima una bandeja redonda de metal cincelada, con una jarra de cristal con zumo de frutas y unos pequeños platos repletos de frutos secos. En una esquina un pebetero lanzaba un rico y suave aroma, que se desparramaba por la tienda. Cojines y almohadones ocupaban una esquina. Lámparas de aceite y velas iluminaban el ambiente.


-            -   Me han informado que posees un magnífico juego de ajedrez. ¿Es verdad?        le interrogó Alfonso VI, desde su silla con respaldo alto.   

-      -     Sí, así es, mi señor. Es una obra de arte elaborada como sólo saben  nuestros artesanos – contestó ibn Ammar con cierto desdén, desde su silla a la que había puesto un almohadón mullido. - ¿deseas verlo, mi señor? – preguntó.
-       -    La verdad es que sí. Has logrado despertar mi curiosidad.  - Le confesó el castellano.

Ibn Ammar, haciendo un gesto con la mano, ordenó que lo trajeran y que lo pusieran sobre la mesa redonda. Mientras colocaban las 32 piezas, los ojos de Alfonso VI se fijaban cada vez más en aquellos peones y alfiles.

-       -    ¡Dios mío! ¡Nunca hubiera creído que se hubiera podido hacer un ajedrez con tanto arte! – exclamó Alfonso.

-       -    ¿Quieres que juguemos una partida? – le ofreció el visir.

  -  Mirad, majestad, haremos un trato. Si vos ganáis la partida, este magnífico juego os pertenecerá. Pero en caso de que la partida la ganara yo, entonces os podré pedir lo que quisiere.  – concluyó Ibn Ammar.

Alfonso VI quedó en silencio, pensativo, sin poder quitar la vista de las piezas labradas. De pronto, levantó la cabeza, fijó su mirada en el visir y exclamó:

-         -    ¡Por dios no! Yo no juego, cuando no conozco la apuesta, podrías pedirme algo que no pudiera darte.

Ibn Ammar ante la negativa, mandó retirar el juego, guardando las apariencias y salió de la tienda. Ordenó de forma disimulada a sus acompañantes, que les trajera las bolsitas de cuero con monedas de oro. Se acercó a ciertos consejeros castellanos ofreciéndoles oro y bellos regalos a cambio de que convencieran a Alfonso a jugar aquella partida. El visir, apuesto y de buen porte, se sabía ganar la simpatía de la gente y lograba con su don de la palabra conseguir aquello que quisiera. Los consejeros aceptaron el acuerdo. Fueron al rey Alfonso para que accediera a aceptar las condiciones del juego impuestas por ibn Ammar. 

- Si ganáis, señor, poseeréis el magnífico ajedrez. ¿qué podrá pediros ese árabe?

Finalmente el rey Alfonso VI accedió. Ibn Ammar y el rey leonés, decidieron jugar aquella partida en la esquina de la tienda real, donde  los almohadones de lino y cojines de seda se desparramaban ordenadamente, sobre gruesas alfombras azuladas. Pequeñas mesas octogonales ricamente labradas servían de apoyo para las bebidas y pequeños entremeses. Colocaron una superficie plana y cuadrada, que serviría como soporte para el tablero del juego. 

Los consejeros castellanos y el pequeño séquito sevillano hacían corrillos en el campamento, comentando acerca de las habilidades de uno y otro en el juego real. Los contrincantes se acomodaron cruzando las piernas sobre aquellos bellos y grandes almohadones. Un sirviente de Ibn Ammar colocó el tablero sobre la superficie en medio de los dos y entregó las piezas a cada uno. 

Ibn Ammar había dejado elegir color a Alfonso VI, quien se decantó por las negras, por lo que el visir debía jugar con rojas. En silencio y con gran solemnidad ambos fueron colocando los roque o ruhh, los ferez, los alfiles, el firzán,  el shah y los  ocho bayadiq, en su sitio sobre el tablero, realizado con decoración de ataurique. Los consejeros se posicionaron cerca del rey castellano, mientras que los sevillanos hicieron lo propio rodeando a Ibn Ammar.  Las tropas del juego habían ocupado ya su lugar y estaban prestos a defender a su rey y aniquilar a su contrincante.


 El rey Alfonso VI abrió la partida moviendo uno de sus baidaq, un casillero hacia adelante. Al igual que en un combate, la infantería es la que avanza primero hacia la batalla. Ibn Ammar sin embargo utilizó un alfil saltando por encima de su baidaq a la tercera casilla, enviando, en este caso, al cuerpo de elefantes  como vanguardia de su ejército sobre el tablero. 
Los movimientos de uno y otro iban precedidos de pensamientos ingeniosos y estratégicos para engañar al contrario y lograr llegar hasta el rey o shah. Ambos jugadores se observaban, se lanzaban miradas de desconfianza, sonrisas canallas, miradas astutas, se removían en los almohadones, cambiaban de postura, se refrescaban la boca con unos sorbos de zumo natural. No se distraían y enfocaban toda su atención en las piezas de aquel tablero. Pensaban bien cada movimiento táctico, debían intuir las intensiones del contrario. El silencio imperaba en la tienda real del campamento cristiano. 

Los consejeros castellanos se fueron arremolinando entorno al monarca cristiano. Observaban y seguían cada movimiento con gran interés. El séquito de ibn Ammar acomodado alrededor de su visir, estaban acostumbrados a disfrutar del ingenio del silvense. Ataques, emboscadas, avances por el flanco con el roque o ruhh, se sacrificaron varios dayadiq, le sacaban provecho al débil firzán, que solo podía mover una casilla en diagonal. En el centro del tablero se libró la gran batalla. La infantería, la caballería, los elefantes, los carros de guerra  se movían sobre el tablero de forma valiente, arriesgando y amenazando al shah del contrario. 

Ibn Ammar había logrado llevar a uno de sus baidaq hasta la hilera ocho del bando contrario, por lo que aquella pieza se convirtió en firzán, moviéndose como tal sobre el tablero. Habían transcurrido varias horas, cuando ibn Ammar toma su roque y avanza en línea recta poniendo al shah del castellano en un serio aprieto. Alfonso VI había sacrificado su alfil. Podría colocar un baidaq para defender su shah. El castellano pensó, observó todas las estrategias posibles, lo tenía difícil. Finalmente movió su baidaq, e Ibn Ammar supo que había ganado la partida. 

El shah de Alfonso estaba amenazado por un roque de ibn Ammar y su recién ascendido firzán lo tenía rodeado por el otro lado. El shah de Alfonso no podía moverse de donde estaba situado, ni tenía piezas lo suficientemente fuertes como para defender al shah. El rey ha muerto. Shah mat.
Los contrincantes habían quedado satisfechos por la magnífica partida, el murmullo de los asistentes devolvió el sonido a la tienda. Los semblantes se relajaron, mientras comentaban las jugadas magistrales de ambos.  

-          Mabruk, mi querido ibn Ammar, tu último movimiento fue de gran sabiduría. Como hombre de honor debo acatar las condiciones del trato. Así que ¿qué deseas pedirme, visir? – le dijo Alfonso VI

-          Te pido, señor, que levantes este campamento y regreses a tus estados con tu ejército. – le exigió Ibn Ammar con voz firme y mirándolo a los ojos.

El rey castellano se quedó sin habla, su expresión fue tornando en cólera, comenzó a lanzar gritos e insultos a todos los presentes. De repente se giró hacia sus consejeros, avanzó hacia ellos con el dedo índice alzado maldiciéndolos.  

-          ¡La culpa es vuestra! – les gritaba. ¡Ya me temía yo una petición semejante, pero me dejé convencer por vosotros!  ¡traidores! – exclamaba lleno de rabia.

De pronto pareció más tranquilo, sus andares se sosegaron, su volumen de voz se volvió más suave. Alfonso VI pensó: Yo soy el poderoso rey castellano. No tengo por qué dar importancia  a la palabra de estos andalusíes inútiles y débiles. No cumpliré mi parte del trato y no hay más que hablar.

Su semblante se relajó esbozando una leve sonrisa al visir, mientras le espetaba que el trato quedaba sin efecto. Ibn Ammar exigió que se cumpliera la palabra de honor del rey castellano y ordenó a los consejeros que le hicieran entrar en razón, sin antes prometerles una buena recompensa. Estos hombres lograron hacerlo entrar en razón, pero no se iría con las manos vacías. 

Le exigió al rey al-Mu´tamid el doble de parias para ese año, le reclamó ciertos castillos de importancia estratégica para la zona fronteriza. Ibn Ammar accedió con su diplomacia habitual. Alfonso quedó más reconfortado, regresando a Castilla con muchas piezas de oro y habiendo obtenido castillos sin necesidad de presentar batalla. De esta manera sintió, que el que realmente había ganado la partida, había sido él.

Al día siguiente, las tropas castellanas levantaron el campamento y aquel ejército amenazante ante las puertas de Sevilla, desapareció en el horizonte. Esta historia con Ibn Ammar como protagonista fue pronto conocida en todos los rincones de al-Andalus. Una vez más los logros, sin bien discutidos, del gran visir de al-Mu´tamid había librado a Sevilla de un largo asedio.




NOTAS
1.- Ibn Ammar: poeta y visir de Sevilla, nacido en Sannabus, localidad cerca de Silves, en el sur de Portugal. (1031 – 1084) De origen humilde, supo convertirse en el hombre de confianza del rey al-Mu´tamid de Sevilla. Los unía una estrecha amistad y compartían la poesía como una de sus pasiones. Tuvo un trágico final, siendo ejecutado por su amigo el rey de Sevilla, dentro de una escabrosa historia de intrigas.
2.- Algarve: zona del sur de Portugal. Es una palabra de origen árabe que significa “el poniente”  غرب.
3.- al-Mu´tamid: sobrenombre de Muhammad Ibn Abbad, rey de la taifa de Sevilla, nacido en Beja en 1039. Sucedió a su padre en el gobierno de Sevilla en 1069. Fue un gran poeta, que dejó una antología donde se refleja su “arte de vivir”. Fue depuesto por lo almorávides en 1090 y enviado a prisión a la ciudad de Aghmat, Marruecos. En una celda sucia y húmeda vivió sus últimos cinco años y donde escribió los poemas más sentidos, añorando Sevilla y su familia.
4.- visir: الوزير . Cargo dentro del aparato político del estado, equivalente a primer ministro.
5.- rey Alfonso VI: (1047 – 1109) Fue rey de León, Galicia y Castilla. Su padre Fernando I había dejado en herencia su reino dividido entre sus tres hijos. Alfonso más ambicioso les quitó los territorios a sus hermanos convirtiéndose en rey de los reinos cristianos del norte. Famoso fue el episodio del Juramento de Santa Gadea, donde el Cid, le obliga a jurar sobre la Biblia no haber tenido nada que ver en la muerte de su hermano García.
6.- alcázar de al-Mubarak: “el palacio de la bendición” nombre del alcázar de Sevilla donde vivía la corte del rey al-Mu´tamid. Hoy lo conforman los alcázares mudéjar, gótico y renacentista de la ciudad de Sevilla.
7.- Sahib y ra´isy son dos de los distintos nombres para dirigirse a los reyes de taifas.
8.- sarir es el nombre árabe para trono.
9.- jaima es el nombre árabe para tienda o carpa que acompañaba a los reyes o gobernantes en sus desplazamientos. 
(+fragmento del poema de Abraham ibn Ezra sobre las reglas del ajedrez. Por Luis Vagas Montaner. Profesor de lengua y literatura hebrea en la Universidad complutense de Madrid.)

BIBLIOGRAFIA:

-          Reinhart Dozy. Historia de los musulmanes de España T IV. Ed. Turner
-          Adalberto Alves y Hamdane Hadjadji. Ibn Ammar al-Andalusí. Ed. Assírio & Alvim
-          Al-Murrakushi. Al-Maghrib.
-          Salah Khalis. La vie litteraire a Seville…. Ed.Sned


PARA SABER MÁS: 


http://www.clubyinn.com/?p=148


http://blogs.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/arte-ciencia-magia/2013/02/17/los-compositores-en-el-ajedrez-i-las-mansubat-y-lucena-1-parte-115028

http://www.ajedreznd.com/2006/medieval.htm



martes, 19 de junio de 2012


EL HALCÓN GRIS,  AL-BAZI AL-AXHAB

historia de un pícaro ladrón, que se convirtió en brigadier. 

Por Elisa Simon 




En este artículo voy a relatarles un hecho insólito, que ocurrió en Sevilla en el siglo XI, la historia del Halcón Gris. 
Este siglo se caracterizó por las crisis económicas y políticas, que azotaban a los reinos de taifas que componían al-Andalus. A pesar de estos desequilibrios, floreció con fuerza el arte, la cultura y la ciencia. Esto fue posible, ya que cada rey o gobernante de un territorio más o menos extenso, deseaba tener la corte más fastuosa. Los reyes de taifas fueron los grandes mecenas de poetas, matemáticos, médicos, filósofos, laudistas, etc. Muchos soberanos andalusíes ejercían alguna o varias de estas cualidades. Para ellos era una forma de ostentar poder y al mismo tiempo emular la gloriosa época del califato cordobés. El rey taifa de Sevilla, era al-Mu´tamid, poeta y soberano de los banu Abbad, quien  gobernaba el reino más grande y poderoso de al-Andalus. 




Bajo su reinado, existía  un salteador de caminos llamado el “Halcón Gris” o en árabe al-Bazi al-Axhab. Era el ladrón más famoso de al-Andalus. Sus correrías por la campiña corrían de boca en boca. Con astucia robaba las mercancías, con ingenio hurtaba las joyas a las damas. Jamás empleó la violencia. Sin embargo, tenía atemorizado a todo aquel que transitaba por los caminos de la campiña. El Halcón Gris estaba felizmente casado y tenía varias hijas.
Un día, sus fechorías llegaron a su fin, cuando fue apresado. La justicia cayó sobre él con todo su peso y fue condenado a morir en la cruz, junto a una carretera para que los campesinos y demás viajeros pudieran ver por sí mismos el cumplimiento de la sentencia. Tal  era la costumbre en aquella época.  
Esperando la muerte, se lamentaba el Halcón Gris por ver a su familia desolada al pie de la cruz. El calor y el polvo que levantaba la leve brisa ardiente, sólo hacía más insoportable aquella agonía. Su esposa y sus hijas lloraban viendo que la muerte se acercaba.  

-                             -   ¡Ay! – decía su mujer - ¡cuando tú mueras qué será de nosotras. Nos moriremos de hambre!

El Halcón Gris, con el cuerpo dolorido por la postura en la cruz, no lograba tranquilizar a su familia, cuando de pronto vio a lo lejos que venía un hombre tirando de su mula. El animal estaba cargado de telas y demás mercancías para ser vendidas en el mercado. Si bien aquella carretera solía ser transitada, no lo estaba en aquel momento de la tarde por el excesivo calor.
El Halcón Gris, agudizó su ingenio y no desaprovechó la oportunidad. Sacó fuerzas de dónde no las tenía y logró llamar la atención del viajante.  

-                                  -  ¡Eh, señor! – le gritó – me encuentro aquí como ves en una posición bastante desagradable, pero puedes hacerme un gran servicio del que sacarás gran utilidad.

                   - Cómo? – preguntó el otro
-                                   -  ¿Ves ese pozo ahí abajo?
-                                    - Sí  que lo veo.

-                    -  Muy bien. Pues has de saber que, cuando hice la tontería de dejarme prender por esos malditos civiles, eché cien dinares de oro a ese pozo que está seco. Si quisieras hacerme el favor de sacarlos, te daría la mitad. Mi mujer y mis hijas que ves aquí te guardarán tu mula hasta que acabes.- le explicó el ladrón. 

El ingenuo hombre, seducido por el lucro, decidió ayudarlo. Buscó una cuerda gruesa, ató un cabo a la orilla del pozo y se deslizó hasta el fondo, cuando el Halcón Gris gritó a su mujer desde la cruz:  

-                                  - ¡Ahora!   ¡corta la cuerda, tira de la mula  y  vete corriendo con las niñas!  La esposa del salteador reaccionó como un resorte.
La maniobra fue tan hábil que cuando el comerciante se dio cuenta del timo, sólo podía chillar y maldecir al condenado en la cruz.  

-          ¡Socorro! ¡Ayuda! – clamaba, pero no pasaba nadie por allí a esas horas.
    
Mientras, el ladrón desde la cruz podía observar cómo su mujer y sus hijas se alejaban cada vez más. Una sonrisa se dibujó en su rostro sudoroso, al tiempo que las lágrimas empañaban sus ojos.   

-          ¡Maldito seas! ¡Cuando salga de aquí te mataré con mis propias manos!  – chillaba el hombre desde el fondo del pozo.

El Halcón Gris no tenía nada que perder. Iba a morir de todas formas, pero se sentía tranquilo porque su mujer iba a poder sobrevivir al menos una temporada.

Finalmente apareció por allí un hombre que fue en auxilio del comerciante engañado. Tuvo que pedir ayuda a otra persona para poder subir a aquel hombre a la superficie.

-          ¿Qué le ha ocurrido, buen hombre? – le interrogó uno de los que lo salvaron
-          ¡La culpa es de ese maldito perro! – gritó mientras corría hacia la cruz del Halcón Gris. Me engañó, me robó mis mercancías. ¡Dios te castigue! ¡Arderás en el infierno! –
-          ¿Pero cómo fue eso posible, si este hombre está casi muerto en la cruz?
-          ¡No se dejen confundir! ¡Es un embaucador astuto y calculador! – se defendió alzando el dedo índice.

Este incidente fue llevado ante el cadí, y pronto en la ciudad no se hablaba de otra cosa. Habiendo comentarios para todos los gustos, muchos a favor del pícaro bandolero. Aquel día tanto se dijo de este incidente, que el rey al-Mu´tamid fue informado. Éste, sorprendido, lo mandó llamar para interrogarlo. Entonces el Halcón Gris fue descolgado de la cruz y llevado ante el rey al-Mu´tamid.

 Cuando estuvo en su presencia, éste le dijo:

-          Seguramente, tú eres el mayor sinvergüenza  que hay en el mundo. Ni siquiera teniendo la muerte tan cerca has renunciado a seguir robando.
-          ¡Ay! Mi señor, dios le guarde, – le respondió el ladrón – si supieras, como yo, lo apetitoso que es robar, tirarías al infierno tu manto real y no harías otra cosa.
-                            - ¡Pero, qué maldito pícaro eres! – exclamó al- Mu ´tamid, riéndose a carcajadas
         -¡Pero vamos, hablemos seriamente! – dijo el al-Mu´tamid. Si yo te perdonara la vida, te devolviera la libertad, te pusiera en estado de ganarte honradamente la existencia y te señalara un sueldo que bastara para satisfacer tus necesidades, ¿te enmendarías y abandonarías tu maldito oficio? - le preguntó el rey.
-                           -    Mucho se hace por salvar la vida, señor; hasta se enmienda uno. Confía, quedarás contento de mí.

Parece ser, que el Halcón Gris cumplió su palabra. Se ganó la confianza del rey de Sevilla, el cual, según dicen, lo nombró brigadier de civiles. Es decir que convirtió en los que lo habían apresado. Siendo brigadier inspiró tanto terror a sus antiguos compañeros y compadres,  como él había inspirado antes a los viajeros.
Espero que esta historia les haya gustado. 


BIBLIOGRAFÍA:

-          Al-Maqqari, “Kitab Nafh al-tib”
-          Reinhart Dozy, “Historia de los musulmanes de España” tomo IV. Ed. Turner
-          Pilar Lirola Delgado, “Al-Mu´tamid y los Abbadíes”. Ed. Al-Andalus 711-2011
-          Miguel José Hagerty, “al-Mu´tamid poesía”. Ed. Antoni Bosch
-          Claudio Sanchez-Albornoz, “La España Musulmana” tomo II. Ed. Espasa-Calpe
-          A.Friedrich von Schack, “Poesía y arte de los árabes en España y Sicilia”.Ed. Hiperión