Mostrando entradas con la etiqueta Sevilla. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sevilla. Mostrar todas las entradas

domingo, 22 de julio de 2012

DESEMBARCO DE LOS MAYUS EN SEVILLA AÑO 844


DESEMBARCO DE LOS MAYUS EN SEVILLA AÑO 844

Por Elisa Simon
  
Esta historia transcurre en el siglo IX de al-Andalus, durante  el Emirato Omeya de Abd al-Rahman al- Awsat II (822 – 852). Un emir de erudita educación, que heredó un vasto territorio, aún sin consolidar, con rebeliones muladíes. La economía era próspera, por lo que las arcas emirales gozaban de buena salud. 

Mientras el emir disfrutaba en Córdoba, capital del emirato omeya, de la caza, el fasto y las mujeres, en otras ciudades de al-Andalus se seguía produciendo el lento pero sin cese cambio cultural entre la población. 

En aquella época, Sevilla, seguía un proceso de crecimiento y cambios. Elementos arquitectónicos preexistente, se reutilizaron. Se construyeron nuevos edificios, sobre los visigodos, que a su vez estaban situados sobre el original romano. De esta manera, sobre el antiguo foro y una Iglesia visigoda, se construyó la mezquita aljama y el zoco. Las casas mediterráneas con patio y huerta se entremezclaron con los baños públicos o hammamat, zocos y edificios oficiales, todo ello enmarcado dentro de un entramado laberíntico y amontonado de calles, callejas, adarves, plazas y plazuelas. 

La ciudad estaba salpicada de pequeños brazos del gran río, que iban confluyendo en otros brazos más grandes hasta unirse al gran río que muere en el mar. El wadi el-kebir (Guadalquivir), permitía la navegación en embarcaciones de gran calado hasta unas millas más arriba de la aglomeración urbana. Según los expertos, el puerto pudo haber estado entre las llamadas puertas del Carbón y del Arenal  (Bab Abul-Qalis y al-Faray). Esta ciudad formaba parte de la vía comercial tanto marítima como terrestre. Gracias al río, Sevilla se comunicaba con el Estrecho, por la vía de Algeciras. Sin embargo, esta populosa ciudad, sólo estaba protegida por la vieja y precaria muralla romana y carecía de destacamento militar.     

En líneas generales, este era el aspecto de Sevilla del 844, cuando de repente, un batallón de “hombres del norte” irrumpieron en la paz y prosperidad sevillana. ¡Eran los vikingos!

Los andalusíes los llamaron al-Mayus – adoradores del fuego, magos o al-Urdumaniyyun (nordmanni – hombres del norte). Los mayus protagonistas de esta historia procedían de Jutlandia y las islas que la rodean (Dinamarca).
Este pueblo era gente ruda, valientes guerreros, magníficos marinos y constructores de drakkar. En su tierra eran agricultores y ganaderos. Pasaban los fríos inviernos encerrados en sus casas con hogar, donde ocupaban el tiempo en trabajos manuales, como hermosas piezas de madera talladas, mientras que las mujeres tejían y realizaban otras labores. 
Los hombres juraban fidelidad a su rey, que era elegido en Asamblea. Sentían un fuerte arraigo a la familia y posición social, defendiendo su honor y el de los suyos, incluso con la muerte. Solían ser polígamos, aunque el ama de casa era solo una, que se diferenciaba de las concubinas, porque llevaba colgado al cinturón el manojo de llaves de su casa y granja. Los hombres del norte contribuyeron a mejorar las técnicas de construcción de barcos, así como las de la navegación.


La primera aparición de los mayus en las costas Atlánticas de la Península, fue en el 844. La razón de su llegada, fue fruto de la casualidad. Estos rudos hombres de mar estaban azotando el país de los francos, cuando fueron sorprendidos por un fuerte viento del norte que los llevó hasta las costas peninsulares. Tanto los asturianos como los gallegos les ofrecieron resistencia, por lo que decidieron continuar su viaje hacia el sur, bordeando el Atlántico.  
Hasta que encontraron la desembocadura del río Tajo, en la ciudad de al-Usbunna (Lisboa) ¡Los mayus habían entrado en tierras de al-Andalus!

El miércoles 20 de Agosto 844 los musulmanes de al-Usbunna (Lisboa), se sorprendieron cuando vieron llegar al estuario del Tajo a unos 54 bajeles normandos y otras tantas embarcaciones más chicas. “Se podría decir que llenaban el océano de pájaros de color rojo oscuro, del mismo modo que llenaban los corazones de pena y tristeza.” – comentó ibn Idhari.

¿Quiénes eran esos hombres? La población aterrada salió corriendo, cuando aquellos hombres de piel blanca y cabellos largos rojos gritaron “¡Berserkers!”, al tiempo que alzaban sus hachas al cielo y corrían hacia tierra firme. Los andalusíes nunca habían visto hombres de semejante estatura y tan fornidos. Llevaban unos chalecos de cuero y enfundados en piel de oso, provocaron el pánico en la ciudad. No menos aterrador eran sus embarcaciones. Az-Zuhri nos dice: “tienen la proa y la popa altas, de modo que pueden moverse en cualquiera de las dos direcciones por el agua, y las velas son cuadradas.”
El Gobernador de al-Usbunna, Wahb Allah ben Hazm, envió de inmediato mensajeros a Córdoba para advertir al Emir Abd al-Rahman II de esta presencia amenazadora en tierras de al-Andalus. 


al-Usbunna tuvo que soportar muchos días de saqueos, muertes y violaciones. El Emir Abd al-Rahman II, envió emisarios con instrucciones a todos los walíes o gobernadores con mando en las provincias costeras para que estuvieran alerta.
Los mayus, por su parte, después de arrasar al-Usbunna, continuaron su travesía, exhibiendo los drakkar, a lo largo de las costas andalusíes, buscando un nuevo río que remontar.

Fue entonces cuando encontraron la desembocadura del río Guadalquivir. “A 60 millas de la ciudad de Sevilla, la marea llegaba hasta ella, gran río en el que entraban las embarcaciones de gran tonelaje (al-sufun al-kibar).” – relató un cronista.
Una parte de la expedición continuó algo más al sur, saqueando Cádiz y Medina Sidonia, mientras que el grueso de los drakkar se adentraron en el estuario del río.


Mientras remontaban el gran río, los guerreros del norte, se sorprendieron de las fértiles tierras y de las marismas con islas fluviales, entre Sevilla y el mar. El río cruzaba una región pantanosa y cubierta por buenos pastos. Luego, su curso se dividía en dos brazos a lo largo de una quincena de kilómetros para unirse otra vez formando así una isla, llamada Yazira Qabtal - Captel (Isla Menor). En esta isla establecieron su cuartel general, donde anclaron 80 drakkar, el 29 de Septiembre de 844. Desde allí realizaron continuas incursiones en los alrededores, aprovechando los caballos que en dicha isla se criaban.

Al día siguiente, cuatro drakkar realizaron un viaje de reconocimiento 4 millas río arriba hasta llegar a Qawrah (Coria del Río). Allí se situaba el  puerto fluvial de Sevilla, a unas 12 millas de la ciudad. Los habitantes de Qawrah, sorprendidos, huyeron como pudieron mientras que otros murieron defendiéndose. Cuando estas terribles noticias llegaron a la ciudad de Sevilla, la población huyó despavorida, incluido su Gobernador. Unos pocos hombres decidieron quedarse, para defender la ciudad, que no contaba con un destacamento militar y sus murallas eran precarias. Tres días más tarde, a comienzos de Octubre, la flota normanda al completo se preparó para continuar su navegación río arriba. Llegaron a Sevilla, ya de noche, tal como era habitual en las tácticas vikingas. A la mañana siguiente aparecieron en primer lugar junto a al-fajjarin (arrabal de los alfareros).
Unos pocos valientes salieron a su encuentro, pero fueron atacados por flechas incendiarias. 
Comenzaron siete largos y angustiosos días, de intensos saqueos y luchas desiguales. Las lagunas y brazos del río permitieron a los mayus llegar con rapidez hasta el corazón de la medina. La mezquita aljama fue pasto de las llamas por las flechas incendiarias, al igual que muchos otros edificios. La gente corría despavorida pero eran alcanzados por las espadas y hachas de los nórdicos. En una mezquita pequeña, donde  se habían reunido unos pocos ancianos para rezar, murieron calcinados y la mezquita casi destruida. Más tarde, una vez reconstruida recibió el nombre de mezquita de los Mártires (masyid ash-shuhadá).
“Fueron tantos los muertos y cautivos que resulta imposible contarlos, nadie quedó con vida, fueran mujeres, hombres, niños, bestias, ganado o aves y todo lo que alcanzaban sus espadas y sus flechas”. – dijo un cronista. La ciudad quedó desierta, silenciosa, destruida.      
Los mayus, exaltados, llenaron sus drakkar con el botín obtenido y se llevaron a los cautivos a su isla Yazira Qabtal. 

Los días y las semanas fueron pasando, mientras el emir Abd al-Rahman II se afanaba en organizar la estrategia de defensa. Movilizó todas las tropas del territorio andalusí, mientras los hombres del norte hostigaban Sevilla sin piedad. Cuando en la ciudad ya no quedaba botín alguno, decidieron adentrarse en sus alrededores, en dirección a Córdoba. En esta ocasión emplearon los caballos de Yazira Qabtal, demostrando su destreza en tierra, cabalgaron a sus anchas.
Durante todo el mes de Octubre, los mayus divididos en grupos, se dispersaron por la campiña y el Aljarafe, sembrando el terror, destruyendo y obteniendo un buen botín y prisioneros. No fue hasta comienzos de Noviembre, cuando el emir logró reunir a todos los contingentes andalusíes.
Ordenó salir hacia Sevilla un cuerpo de caballería con sus mejores generales: ´Abd Allah ben Kulayb, ´Abd al-Wahid al-Iskandaraní y Muhammad ibn Rustum.


¡Por fin las tropas del emir llegaron a Sevilla! Tomaron posiciones en la zona alta del ash-Sharaf (Aljarafe). A este gran ejército se unió pronto un cuerpo de infantería.
Córdoba, por su parte, no podía quedar sin soldados. De ahí que el Emir ordenó que vinieran los destacamentos de las provincias del interior para defender la capital del Emirato. Estos contingentes estaban a las órdenes del hombre de confianza del emir, el eunuco Nasr.

Pronto entablaron contacto con los mayus, que a su vez habían recibido refuerzos. Se sucedieron emboscadas, ataques y batallas donde los andalusíes mostraron su capacidad defensiva en tierra. 
El eunuco Nasr organizó una gran emboscada contra un contingente de mayus que marchaba a Morón, donde murieron muchos de ellos.
Esta noticia llegó a Sevilla provocando preocupación entre los hombres del norte y una fuerte energía de ánimo entre la menguada población, suficiente como para enfrentarse a ellos mientras llegaba el grueso del ejército andalusí. Ante esta nueva situación, los mayus pusieron tierra de por medio y se retiraron a Yariza Qabtal.


El día de la gran batalla fue el día 11 de noviembre 844, un poco al sur de Sevilla a dos millas, en Tablada. En esta zona vasta y llana, el ejército andalusí al mando del general ibn Rustum y los contingentes de Nasr, atacaron por los cuatro costados. Arqueros y lanceros, infantería y caballería marchaban al ritmo de los atabales. Banderas y estandartes con alabanzas a dios, ondeaban en el aire. En frente, los mayus que ya habían desembarcado en masa, agitaban sus espadas y hachas al cielo, cubiertos con cascos que les protegían la nariz y los escudos redondos parecían no temer al ejército oponente. Al grito de “Allah hu Akbar” y “Berserkers” se enfrentaron los valientes guerreros. El campo de Tablada se convirtió en un enmarañado y sangriento campo de muerte. Golpes de sables chocaban unos contra otros, los arqueros hincando sus rodillas oscurecían el cielo con cientos de flechas. Los corpulentos mayus tiraban de los caballos a los soldados del emir. La lucha cuerpo a cuerpo era un esperpento de violencia. Hachas, lanzas, dagas, sables, sangre, polvo, sudor, gritos, rabia, lágrimas, se sucedían sin tregua. En lo más trágico de la batalla ibn Rustum, ordenó a un grupo de su caballería que se interpusiera entre las naves y los normandos. Los mayus no pudieron refugiarse en sus drakares. Quedaron acorralados. Murieron cerca de 1000 y unos 400 fueron hechos prisioneros, muchos de los cuales fueron ejecutados y exhibidos, tal como era costumbre. La derrota de los mayus fue proclamada por todos los rincones de al-Andalus. Los grandes héroes de esta historia fueron el general ibn Rustum y el eunuco Nasr.

Los fugitivos que lograron embarcarse en sus drakkar, pusieron rumbo al sur. Durante esta travesía de huida, fueron recogiendo a los demás que se encontraban a su paso. La gente de los pueblos costeros del río les tiraraban piedras con hondas desde la orilla, mientras los maldecían y lloraban a sus muertos. Los mayus decidieron entonces negociar con el  Emir. Ellos liberarían a los prisioneros a cambio de ropa y víveres, ya que les quedaba un largo camino de regreso al norte. Abd al-Rahman II no se fió y envió a los héroes de la batalla de Tablada a un nuevo combate. Los hombres del norte no se esperaban esta reacción. Desprevenidos, fueron perseguidos y acorralados. En aquella ocasión, el líder de los mayus fue muerto, mientras muchos otros huían hacia sus barcos. Un grupo de los hombres de ibn Rustum lograron abordar unos cuantos bajeles. Las saquearon y las incendiaron. Los drakkar restantes con su tripulación huyeron. Intentaron regresar a Yazira Qabtal, pero fue en vano. Quince embarcaciones andalusíes (sufun) ya los estaban esperando. Enfurecidos partieron en sus temibles barcos hasta la desembocadura del río Odiel, donde se detuvieron en la isla de Saltés. Como represalia, los hombres del norte asaltaron y arrasaron la ciudad de Niebla y otras localidades cercanas. Siguieron las costas del Algarve, arribando nuevamente a Lisboa, donde fueron vistos por última vez…ese año.  


No todos los normandos abandonaron al-Andalus, hubo un reducido número que se quedó, se dispersó al este y sudeste de Sevilla, por tierras de Carmona y Morón. Adoptaron el Islam, se dedicaron en el valle del Guadalquivir a criar ganado y a la industria lechera. En lo sucesivo esta pequeña colonia de muladíes de origen normando había de surtir a Sevilla y Córdoba de unos exquisitos quesos que fueron muy reputados en al-Andalus.

La consecuencia de este ataque normando, fue el refuerzo y construcción de nuevas murallas en las grandes ciudades. En Sevilla se construyó unos astilleros, llamados dar al-sina´. El emir se ocupó de mandar construir una red de defensa del litoral andalusí. Fue así como las costas de al-Andalus se llenaron de tala´i (atalayas) o torres vigías, ribats(fortalezas costeras) donde vivían monjes-guerreros que llevaban tanto una vida ascética como militar. En la campiña se construyeron qal´a(fortalezas situadas cerca de las grandes ciudades). Las imponentes alcazabas comenzaron a otear, desde la parte más elevada de las ciudades para adelantarse al enemigo.  

Esta historia de los mayus tiene continuación. Al año siguiente del ataque vikingo, el Emir envió a tierras de los hombres del norte al poeta y diplomático, apodado al-Ghazal junto con un selecto séquito para sellar la paz entre ambos pueblos. Pero esta es otra historia…
  
Nota:

Drakar: embarcación de mercancía y de guerra, propia de los hombres del norte. 
A los pocos años de vivir en Sevilla, creo recordar que se encontraron restos de un drakar en la zona de la Plaza Nueva, cuando se estaban haciendo unas obras. 

Fotos:

Tapiz de Bayeux: Lienzo bordado del siglo XI, que relata la conquista de Inglaterra por los normandos (batalla de Hastings). El tapiz se exhibe en Bayeux (Normandía)

Bibliografía:

- Historia de España tomo IV  - Menendez Pidal

-“Los vikingos en España”  - A. Machado y Alvarez , traducción de la obra de Dozy “Recherches” II. Polifemo – Madrid 1987.

-“Los vikingos, reyes de los mares” - Yves Cohat- Aguilar Universal – Madrid 1989

-“El poder naval de al-Andalus en la época del Califato Omeya”
Jorge Lirola Delgado  - Universidad de Granada – 1993

-“Tratado de Arquitectura hispano-musulmana II
  Ciudades y fortalezas – de Basilio Pavón Maldonado – CSIC

-“Sevilla Islámica” 712 – 1248  de Jacinto Bosch Vilá - Universidad de Sevilla 

-“Sevilla en la Baja Edad Media”  - Antonio Collantes de Terán 
Excmo. Ayuntamiento de Sevilla 1984

viernes, 29 de junio de 2012


La Partida de ajedrez del visir Ibn Ammar

Relato de cómo el visir Ibn ´Ammar salvó a Sevilla gracias a una ingeniosa partida de ajedrez contra el rey Alfonso VI 


Por Elisa Simon 



El siglo XI se caracterizó por ser convulso a nivel político y económico, sin embargo fue de lo más fructífero y sublime a nivel cultural y científico. Uno de los personajes del siglo XI andalusí fue Abu Bakr Ibn Ammar(1), de orígenes humilde, nacido en el Algarve portugués(2), logró entrar en la corte literaria de Sevilla, gracias a sus dotes para la poesía. Entabló amistad con el príncipe heredero, que años más tarde se convertiría en al-Mu´tamid(3)rey de Sevilla.

Tanto Ibn Ammar como al-Mu´tamid eran excelentes poetas, de los mejores del siglo XI. Famosas fueron sus correrías de juventud en Silves, las fiestas rociadas de vino y rodeados de bellas mujeres en el palacio de al-Xarajib. 


En el 1069, cuando su buen amigo se convirtió en rey, éste lo nombró su visir(4). Ibn Ammar se ocupó de la política exterior de la taifa. El visir empleaba sus dotes de seducción, tales como su simpatía, amabilidad, exquisita educación y exotismo andalusí para lograr lo mejor para la taifa de Sevilla o bien para sí mismo. Su personalidad y amistad con al-Mu´tamid así como sus decisiones y actuaciones no siempre fueron del agrado de todos.
     
La historia que les voy a contar es un fragmento del relato que estoy escribiendo sobre la vida del rey al-Mu´tamid. 

Ocurrió hacia el año 1078, cuando el ejército cristiano encabezado por Alfonso VI, rey de León(5), se instaló a las afueras de Sevilla, con la idea de asediarla.


rey de León, Alfonso VI


Mientras el rey leonés se acomodaba en su tienda del campamento cristiano, en el alcázar de al-Mubarak(6), el rey al-Mu´tamid e Ibn Ammar conversaban buscando una solución a la tensa situación.  

-  El cristiano intenta provocarte, Sahib. Con la arrogancia que le caracteriza hace alarde de lo que podría ser capaz. No es más que una táctica de desgaste y no deberíamos caer en su provocación. – opinó el visir, mientras fijaba su mirada en el rey, que estaba sentado.   

-         -  Llevas razón, Abu Bakr - asintió en monarca - Las reuniones mantenidas hasta ahora no han dado resultados favorables a nosotros. Alfonso nos está enseñando los dientes. La verdad es que mis ejércitos son menos numerosos y sería un suicidio enviarlos a luchar contra la división militar cristiana. Mi margen de maniobra es limitado, porque no puedo contar con la lealtad de nuestros hermanos taifas. Debemos buscar una alternativa, ingeniosa. Deberíamos atacar por su lado más débil – dijo el rey de Sevilla en voz baja, mientras se acariciaba la barba con una mano.    

-      -  Conocemos sus debilidades, ra´isy - contestó Ibn ´Ammar - El señor de León sería capaz de matar por algo de sublime belleza. Sabemos cómo es capaz de encapricharse y no cesa hasta conseguirlo – continuó el visir. 
 - Mi señor, - exclamó con entusiasmo - me estás dando una idea un tanto rocambolesca, que sin embargo podría solucionar esta incómoda situación – prosiguió ibn Ammar, mientras paseaba por la sala recubierta de alicatados y yesería.  
    De pronto, se quedó parado en el sitio, alzó la cabeza, se giró y le sonrió al  soberano  - ¡Ya lo tengo! – gritó el visir, sacando de su letargo al rey, que seguía desparramado en el trono.      

Sin perder tiempo, Ibn Ammar, ordenó a los mejores artesanos ebanistas fabricar un juego de ajedrez de sublime belleza y exquisito gusto. Poco tiempo después, recibió en al-Mubarak uno de los ebanistas con sus 3 hijos. Le presentaron un juego de ajedrez, “cuyas piezas estaban talladas en madera de ébano, sándalo y aloe con bellísimas incrustaciones de oro”. Los trebejos, formaban figuras abstractas, redondas unas, puntiagudas otras. El shah, se distinguía por sus insignias talladas en el frontal de la pieza.  Aquellas delicadas  figuras fueron labradas para un rey. El tablero monocromo, por su parte, era una maravilla de perfección.

“…ocho hileras. Hilera tras hilera, en todas hay grabadas sobre una tabla ocho divisiones; son las hileras cuadros taraceados donde las tropas se mantienen apiñadas…”    +

Ibn Ammar se preparó para su salida de Sevilla acompañado de un pequeño séquito con escolta. Cuando llegaron al campamento cristiano, Ibn Ammar hizo correr la voz, de que tenía en posesión un juego de ajedrez de extraordinaria belleza, incluso hizo alarde de él mostrándoselo a los consejeros castellanos. Los comentarios llegaron a oídos del rey Alfonso. El plan estaba saliendo tal como el visir había pensado. El  monarca leonés lo recibió con gran cordialidad, como era costumbre entre ambos. El suelo de la jaima estaba cubierto por alfombras andalusíes, rojas y azules, tejidas en los talleres de Almería. 

De las paredes colgaban hermosos tapices en colores vivos. El centro lo ocupaba la silla del monarca, tallada en madera y una mesa de madera robusta. Encima de ella había un crucifijo, los enseres de escribir, y unos legajos enrollados. A un lado se situaba otra mesa más pequeña y redonda, labrada con taracea, que tenía encima una bandeja redonda de metal cincelada, con una jarra de cristal con zumo de frutas y unos pequeños platos repletos de frutos secos. En una esquina un pebetero lanzaba un rico y suave aroma, que se desparramaba por la tienda. Cojines y almohadones ocupaban una esquina. Lámparas de aceite y velas iluminaban el ambiente.


-            -   Me han informado que posees un magnífico juego de ajedrez. ¿Es verdad?        le interrogó Alfonso VI, desde su silla con respaldo alto.   

-      -     Sí, así es, mi señor. Es una obra de arte elaborada como sólo saben  nuestros artesanos – contestó ibn Ammar con cierto desdén, desde su silla a la que había puesto un almohadón mullido. - ¿deseas verlo, mi señor? – preguntó.
-       -    La verdad es que sí. Has logrado despertar mi curiosidad.  - Le confesó el castellano.

Ibn Ammar, haciendo un gesto con la mano, ordenó que lo trajeran y que lo pusieran sobre la mesa redonda. Mientras colocaban las 32 piezas, los ojos de Alfonso VI se fijaban cada vez más en aquellos peones y alfiles.

-       -    ¡Dios mío! ¡Nunca hubiera creído que se hubiera podido hacer un ajedrez con tanto arte! – exclamó Alfonso.

-       -    ¿Quieres que juguemos una partida? – le ofreció el visir.

  -  Mirad, majestad, haremos un trato. Si vos ganáis la partida, este magnífico juego os pertenecerá. Pero en caso de que la partida la ganara yo, entonces os podré pedir lo que quisiere.  – concluyó Ibn Ammar.

Alfonso VI quedó en silencio, pensativo, sin poder quitar la vista de las piezas labradas. De pronto, levantó la cabeza, fijó su mirada en el visir y exclamó:

-         -    ¡Por dios no! Yo no juego, cuando no conozco la apuesta, podrías pedirme algo que no pudiera darte.

Ibn Ammar ante la negativa, mandó retirar el juego, guardando las apariencias y salió de la tienda. Ordenó de forma disimulada a sus acompañantes, que les trajera las bolsitas de cuero con monedas de oro. Se acercó a ciertos consejeros castellanos ofreciéndoles oro y bellos regalos a cambio de que convencieran a Alfonso a jugar aquella partida. El visir, apuesto y de buen porte, se sabía ganar la simpatía de la gente y lograba con su don de la palabra conseguir aquello que quisiera. Los consejeros aceptaron el acuerdo. Fueron al rey Alfonso para que accediera a aceptar las condiciones del juego impuestas por ibn Ammar. 

- Si ganáis, señor, poseeréis el magnífico ajedrez. ¿qué podrá pediros ese árabe?

Finalmente el rey Alfonso VI accedió. Ibn Ammar y el rey leonés, decidieron jugar aquella partida en la esquina de la tienda real, donde  los almohadones de lino y cojines de seda se desparramaban ordenadamente, sobre gruesas alfombras azuladas. Pequeñas mesas octogonales ricamente labradas servían de apoyo para las bebidas y pequeños entremeses. Colocaron una superficie plana y cuadrada, que serviría como soporte para el tablero del juego. 

Los consejeros castellanos y el pequeño séquito sevillano hacían corrillos en el campamento, comentando acerca de las habilidades de uno y otro en el juego real. Los contrincantes se acomodaron cruzando las piernas sobre aquellos bellos y grandes almohadones. Un sirviente de Ibn Ammar colocó el tablero sobre la superficie en medio de los dos y entregó las piezas a cada uno. 

Ibn Ammar había dejado elegir color a Alfonso VI, quien se decantó por las negras, por lo que el visir debía jugar con rojas. En silencio y con gran solemnidad ambos fueron colocando los roque o ruhh, los ferez, los alfiles, el firzán,  el shah y los  ocho bayadiq, en su sitio sobre el tablero, realizado con decoración de ataurique. Los consejeros se posicionaron cerca del rey castellano, mientras que los sevillanos hicieron lo propio rodeando a Ibn Ammar.  Las tropas del juego habían ocupado ya su lugar y estaban prestos a defender a su rey y aniquilar a su contrincante.


 El rey Alfonso VI abrió la partida moviendo uno de sus baidaq, un casillero hacia adelante. Al igual que en un combate, la infantería es la que avanza primero hacia la batalla. Ibn Ammar sin embargo utilizó un alfil saltando por encima de su baidaq a la tercera casilla, enviando, en este caso, al cuerpo de elefantes  como vanguardia de su ejército sobre el tablero. 
Los movimientos de uno y otro iban precedidos de pensamientos ingeniosos y estratégicos para engañar al contrario y lograr llegar hasta el rey o shah. Ambos jugadores se observaban, se lanzaban miradas de desconfianza, sonrisas canallas, miradas astutas, se removían en los almohadones, cambiaban de postura, se refrescaban la boca con unos sorbos de zumo natural. No se distraían y enfocaban toda su atención en las piezas de aquel tablero. Pensaban bien cada movimiento táctico, debían intuir las intensiones del contrario. El silencio imperaba en la tienda real del campamento cristiano. 

Los consejeros castellanos se fueron arremolinando entorno al monarca cristiano. Observaban y seguían cada movimiento con gran interés. El séquito de ibn Ammar acomodado alrededor de su visir, estaban acostumbrados a disfrutar del ingenio del silvense. Ataques, emboscadas, avances por el flanco con el roque o ruhh, se sacrificaron varios dayadiq, le sacaban provecho al débil firzán, que solo podía mover una casilla en diagonal. En el centro del tablero se libró la gran batalla. La infantería, la caballería, los elefantes, los carros de guerra  se movían sobre el tablero de forma valiente, arriesgando y amenazando al shah del contrario. 

Ibn Ammar había logrado llevar a uno de sus baidaq hasta la hilera ocho del bando contrario, por lo que aquella pieza se convirtió en firzán, moviéndose como tal sobre el tablero. Habían transcurrido varias horas, cuando ibn Ammar toma su roque y avanza en línea recta poniendo al shah del castellano en un serio aprieto. Alfonso VI había sacrificado su alfil. Podría colocar un baidaq para defender su shah. El castellano pensó, observó todas las estrategias posibles, lo tenía difícil. Finalmente movió su baidaq, e Ibn Ammar supo que había ganado la partida. 

El shah de Alfonso estaba amenazado por un roque de ibn Ammar y su recién ascendido firzán lo tenía rodeado por el otro lado. El shah de Alfonso no podía moverse de donde estaba situado, ni tenía piezas lo suficientemente fuertes como para defender al shah. El rey ha muerto. Shah mat.
Los contrincantes habían quedado satisfechos por la magnífica partida, el murmullo de los asistentes devolvió el sonido a la tienda. Los semblantes se relajaron, mientras comentaban las jugadas magistrales de ambos.  

-          Mabruk, mi querido ibn Ammar, tu último movimiento fue de gran sabiduría. Como hombre de honor debo acatar las condiciones del trato. Así que ¿qué deseas pedirme, visir? – le dijo Alfonso VI

-          Te pido, señor, que levantes este campamento y regreses a tus estados con tu ejército. – le exigió Ibn Ammar con voz firme y mirándolo a los ojos.

El rey castellano se quedó sin habla, su expresión fue tornando en cólera, comenzó a lanzar gritos e insultos a todos los presentes. De repente se giró hacia sus consejeros, avanzó hacia ellos con el dedo índice alzado maldiciéndolos.  

-          ¡La culpa es vuestra! – les gritaba. ¡Ya me temía yo una petición semejante, pero me dejé convencer por vosotros!  ¡traidores! – exclamaba lleno de rabia.

De pronto pareció más tranquilo, sus andares se sosegaron, su volumen de voz se volvió más suave. Alfonso VI pensó: Yo soy el poderoso rey castellano. No tengo por qué dar importancia  a la palabra de estos andalusíes inútiles y débiles. No cumpliré mi parte del trato y no hay más que hablar.

Su semblante se relajó esbozando una leve sonrisa al visir, mientras le espetaba que el trato quedaba sin efecto. Ibn Ammar exigió que se cumpliera la palabra de honor del rey castellano y ordenó a los consejeros que le hicieran entrar en razón, sin antes prometerles una buena recompensa. Estos hombres lograron hacerlo entrar en razón, pero no se iría con las manos vacías. 

Le exigió al rey al-Mu´tamid el doble de parias para ese año, le reclamó ciertos castillos de importancia estratégica para la zona fronteriza. Ibn Ammar accedió con su diplomacia habitual. Alfonso quedó más reconfortado, regresando a Castilla con muchas piezas de oro y habiendo obtenido castillos sin necesidad de presentar batalla. De esta manera sintió, que el que realmente había ganado la partida, había sido él.

Al día siguiente, las tropas castellanas levantaron el campamento y aquel ejército amenazante ante las puertas de Sevilla, desapareció en el horizonte. Esta historia con Ibn Ammar como protagonista fue pronto conocida en todos los rincones de al-Andalus. Una vez más los logros, sin bien discutidos, del gran visir de al-Mu´tamid había librado a Sevilla de un largo asedio.




NOTAS
1.- Ibn Ammar: poeta y visir de Sevilla, nacido en Sannabus, localidad cerca de Silves, en el sur de Portugal. (1031 – 1084) De origen humilde, supo convertirse en el hombre de confianza del rey al-Mu´tamid de Sevilla. Los unía una estrecha amistad y compartían la poesía como una de sus pasiones. Tuvo un trágico final, siendo ejecutado por su amigo el rey de Sevilla, dentro de una escabrosa historia de intrigas.
2.- Algarve: zona del sur de Portugal. Es una palabra de origen árabe que significa “el poniente”  غرب.
3.- al-Mu´tamid: sobrenombre de Muhammad Ibn Abbad, rey de la taifa de Sevilla, nacido en Beja en 1039. Sucedió a su padre en el gobierno de Sevilla en 1069. Fue un gran poeta, que dejó una antología donde se refleja su “arte de vivir”. Fue depuesto por lo almorávides en 1090 y enviado a prisión a la ciudad de Aghmat, Marruecos. En una celda sucia y húmeda vivió sus últimos cinco años y donde escribió los poemas más sentidos, añorando Sevilla y su familia.
4.- visir: الوزير . Cargo dentro del aparato político del estado, equivalente a primer ministro.
5.- rey Alfonso VI: (1047 – 1109) Fue rey de León, Galicia y Castilla. Su padre Fernando I había dejado en herencia su reino dividido entre sus tres hijos. Alfonso más ambicioso les quitó los territorios a sus hermanos convirtiéndose en rey de los reinos cristianos del norte. Famoso fue el episodio del Juramento de Santa Gadea, donde el Cid, le obliga a jurar sobre la Biblia no haber tenido nada que ver en la muerte de su hermano García.
6.- alcázar de al-Mubarak: “el palacio de la bendición” nombre del alcázar de Sevilla donde vivía la corte del rey al-Mu´tamid. Hoy lo conforman los alcázares mudéjar, gótico y renacentista de la ciudad de Sevilla.
7.- Sahib y ra´isy son dos de los distintos nombres para dirigirse a los reyes de taifas.
8.- sarir es el nombre árabe para trono.
9.- jaima es el nombre árabe para tienda o carpa que acompañaba a los reyes o gobernantes en sus desplazamientos. 
(+fragmento del poema de Abraham ibn Ezra sobre las reglas del ajedrez. Por Luis Vagas Montaner. Profesor de lengua y literatura hebrea en la Universidad complutense de Madrid.)

BIBLIOGRAFIA:

-          Reinhart Dozy. Historia de los musulmanes de España T IV. Ed. Turner
-          Adalberto Alves y Hamdane Hadjadji. Ibn Ammar al-Andalusí. Ed. Assírio & Alvim
-          Al-Murrakushi. Al-Maghrib.
-          Salah Khalis. La vie litteraire a Seville…. Ed.Sned


PARA SABER MÁS: 


http://www.clubyinn.com/?p=148


http://blogs.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/arte-ciencia-magia/2013/02/17/los-compositores-en-el-ajedrez-i-las-mansubat-y-lucena-1-parte-115028

http://www.ajedreznd.com/2006/medieval.htm



viernes, 23 de marzo de 2012

Ibn Hamdis, un poeta siciliano en la corte de Sevilla


El poeta Ibn Hamdis de Sicilia 





Por Elisa Simon 


Ibn Hamdis, nació en Noto, región de Siracusa, en la isla de Sicilia en el año 1056. Los árabes habían conquistado la isla y la parte sur de Italia en el 827. 


Ibn Hamdis gozó de una juventud plena, donde los combates, las pasiones y los deportes fueron los protagonistas. En el año 1071, su tierra fue conquistada por los normandos al mando de Roger. Unos años después, en 1078, Ibn Hamdis decidió buscar suerte como poeta en al-Andalus, había escuchado acerca de la generosidad del rey poeta de Sevilla, al-Mu´tamid. El siciliano era un poeta hábil, original, elegante y noble, tenía facilidad para la improvisación y empleaba mucho la metáfora. Ibn Hamdis se defendía igual de bien y con destreza usando el calam y el sable.   

Cuando se presentó en Sevilla, tuvo que esperar mucho tiempo hasta que el rey lo mandó llamar. Tanto aguardó, que estuvo a punto de abandonar Sevilla en busca de otro mecenas. Durante ese largo período de incertidumbre, desahogaba su añoranza por Sicilia de la única manera que sabía:  


  “Vivo recuerdo constante
Guardo de la hermosa isla
Que en mis venas ha infundido
El espíritu de vida.
Como los lobos rabiosos
En las florestas sombrías
Los infortunios destruyen
Los verjeles de Sicilia...”


Una noche, tocaron a la puerta de su casa, un paje le dijo, que debía presentarse ante el rey de inmediato. Al-Mu´tamid lo recibió en una sala privada y lo hizo sentar en una silla de madera labrada.   
-         
     Abre la ventana que está junto a ti – le ordenó el rey que le había dado la espalda. 
Ibn Hamdis obedeció. Se asomó y vio a lo lejos el horno de un vidriero. El fuego brillaba en las dos bocas del horno. Entonces al-Mu´tamid le dijo, que terminara el siguiente verso: 


-       “contémplalas brillando en la negrura…" - dijo el monarca

-    " Como un león que acecha en la espesura" – improvisó Ibn Hamdis

El fogonero cerraba y abría las dos bocas alternativamente. 

-         " Cierra una, y sólo la otra centellea" – prosiguió el rey

-         " Así, el enfermo de ojos parpadea." – completó Ibn Hamdis

Luego se cerró del todo una de las bocas y quedó abierta la otra.

-         " Más, por fin, el destino una la tapa…" añadió al-Mu´tamid

-         " ¿quién al acoso del destino escapa?"  -  concluyó Ibn Hamdis

El rey quedó sorprendido por su capacidad de improvisación. Estaba tan satisfecho que ordenó que se le entregaran unos regalos magníficos. (2)

-          Tienes talento, siciliano. – comentó el rey. Dime tu nombre completo, -
-          Majestad, me llamo  ´Abd al-djabbar Abu Muhammad b. Alí Bakr al-Azdí Ibn Hamdis. Nací en la villa de Noto, Siracusa.

Durante su vida junto a al-Mu´tamid, ibn Hamdis fue uno de los mejores poetas que sirvieron al rey. Se acostumbró a Sevilla, aunque en sus versos extrañaba Sicilia.

“Aquellas campiñas fértiles
A menudo se presentan
Ante mis ojos en sueño,
Y osa mi espíritu verlas.
Con lágrimas pienso siempre
En aquella hermosa tierra…”

Ibn Hamdis participó en las tertulias semanales, disfrutó de las fiestas, escribió hermosos versos de alabanza al rey, que son su legado. Las fuentes no lo mencionan mezclado en intrigas ni traiciones. Luchó junto al rey en varias batallas, en una de ellas fue herido. Se lanzó al campo de batalla en Zallaqa, de donde salieron victoriosos. Ibn Hamdis se convirtió en un buen amigo del rey al-Mu´tamid y su fidelidad llegó hasta el punto de acompañar en su exilio al rey al-Mu´tamid en 1091, cuando los almorávides tomaron el control de al-Andalus. 
Visitó al depuesto rey poeta en su celda de Aghmat. Cuando el rey murió, buscó nuevo mecenas en Bugía, donde prestó servicio a los hammudíes. No se sabe con exactitud si su vida se apagó en Bugía o en la isla de Mallorca. Sí se sabe que sus últimos años los pasó ciego y murió a los 77 años.  Mientras fue poeta del rey al-Mu´tamid, trazó versos como éstos, describiendo el palacio de al-Mubarak:


“¡Oh qué maravillosa morada
Sobre la que Allah ha decidido
Renovarla sin que se desgaste!
Está santificada hasta tal punto
Que Moisés, si pisase su suelo,
Se descalzaría.
No es sino la residencia
Del reino a la que acude
 todo aquel que espera.
Cuando sus puertas se abren
Parece que ellas dicen al que entra:
¡Bienvenido!
Los constructores han transportado
Las cualidades del príncipe a su construcción.
Así, de su pecho
Han tomado su amplitud,
De su luz, el brillo;
De su fama, la amplia distribución y
De su sabiduría, los cimientos.
Al tomar como modelo
Su alto rango real,
Su salón se ha elevado tanto
Que está a la altura de las constelaciones.
Este palacio hace olvidar al Iwan de Cosroes,
Y aún más, creo que podía haberle
Servido de modelo.
Y Salomón, temiendo las comparaciones,
No permitió a los genios hacer un edificio parecido.
El sol parece en él un pincel
Con el que unas manos pintan figuras diferentes.
Figuras que parece que se mueven en su inmovilidad,
Pues sus manos y pies están quietos.
Cuando nos quedamos ciegos
Por el ardor de estos colores,
Empleamos como colirio
Para nuestros ojos
El esplendor del príncipe.



Bibliografía

-   Henri Pérès “Esplendor de al-Andalus”, Hiperión.

-   A.    Friedrich von Schack “Poesía y arte de los árabes en España y Sicilia”, Hiperión 
-   Pilar Lirola Delgado, “al-Mu´tamid y los abbadíes”, Fundación Ibn Tufayl 
-   María Jesús Rubiera Mata, “Literatura Hispanoárabe”, Mapfre 1992 
-   Reinhart Dozy “Historia de los musulmanes de España IV, Turner 

Para Saber más: 

-  http://www.salernoeditrice.it/Scheda_libro.asp?id=263&it=ok&categoria=13
- http://www.ilportaledelsud.org/poesia_araba.htm 





Los poetas del rey al-Mu´tamid


Los poetas de la corte del rey al-Mu´tamid de Sevilla 

Por Elisa Simon 

El rey al-Mu´tamid de Sevilla, heredó la taifa más poderosa y extensa de al-Andalus y gobernó entre los años 1069 y 1091. Al-Mu´tamid, desde muy joven dio muestras de su valía como poeta, la cual debía compaginar con las obligaciones y responsabilidades propias de un gobernante. El rey convertía en poesía cualquier situación, ya sea en el campo de batalla, durante la caza con halcón, en la intimidad con su querida esposa, el desgarro por la muerte de sus hijos y sobre todo los poemas de su tiempo de cautiverio en Aghmat.  



El arabista E. García Gómez escribió acerca de él: 

personifica la poesía en tres sentidos: compuso admirables versos; su vida fue pura poesía en acción; protegió a todos los poetas … “ (1) 

En otra ocasión el arabista E. García Gómez lo describió como 

la poesía misma al frente de un estado”. (2)

La corte sevillana estaba compuesta por poetas y sabios, los cuales ocupaban puestos de visires, secretarios y demás cargos de la administración. Muchos de ellos, habían llegado a Sevilla desde distintos puntos de al-Andalus e incluso de Sicilia y Qairuwan, en busca de un mecenas, a quien dedicar sus qasidas (versos). Sevilla se convirtió en el centro cultural, literario y artístico más renombrado de la Península. 

Un historiador y gramático siciliano Ibn al-Qatta, fue testigo de este esplendor y escribió sobre al-Mu´tamid:

 “su capital era lugar de encuentro para los grandes viajeros, una feria para los poetas, una alquibla hacia donde dirigir las esperanzas y un lugar frecuentado por los eruditos, de modo que ninguno de los reyes de su época llegó a reunir tantos poetas importantes ni literatos admirables como él.” (3)



El rey disfrutaba de la compañía de estos poetas, con los cuales le gustaba recitar en las tertulias semanales, así como en las memorables fiestas, donde se improvisaban versos elogiando el sonido del laúd, el baile sensual de las esclavas, el sabor del vino, la belleza de los coperos, la magia de la caída del sol, todo se convertía en hermosa poesía. 
Poetas de la talla de Ibn Zaydun, Ibn Ammar, Ibn al-Labbana, Ibn Wahdun, Ibn Hamdis y muchos más conformaban este grupo selecto. 
Los hombres de la corte de Sevilla, además de poetas, cultivaban otras artes, como la ciencia, la medicina, la astronomía, dominaban el uso del sable y solían ser magníficos jinetes. Sin embargo, no era fácil llegar a formar parte de esta corte. Todo aspirante debía empezar por tocar a la puerta del palacio y decir: 

soy poeta, para que fuese conducido al oficial encargado del alojamiento (sahib al-inzal)” (4). 



A partir de ahí se iniciaba un proceso más o menos largo, durante el cual, el aspirante debía aguardar hasta el día de audiencia, que solía ser los lunes. Llegado el momento, el candidato, probablemente hecho un manojo de nervios, debía pasar la prueba de aptitud, recitando bien versos propios o ajenos delante del rey y la corporación de los poetas. Si bien todos los miembros daban su opinión, la última palabra la tenía el rey. El poeta Abu-l-´Arab al-Siqilli, quien había llegado de Sicilia, al igual que Ibn Hamdis, a la corte de al-Mu´tamid, le entregó una qasida que había escrito:

 “ al-Mu´tamid paseó su mirada y su espíritu (escudriñador) sobre el poema mientras que yo esperaba sus críticas (con cierta aprensión), pues era en estas materias un imam, y a menudo por esta razón los poetas le evitaban, salvo aquellos que, conociendo la elevación de su alma, tenían entera confianza en él.” (5)


BIBLIOGRAFIA: 

(1)    Emilio García Gómez “Un Eclipse”, 286, al-Andalus X (1945). Pilar Lirola Delgado “Al-Mu´tamid y los abbadíes”, pág.137, Fundación Ibn Tufayl.
(2)    María Jesús Rubiera Mata “Literatura hispanoárabe” pág. 86, Mapfre 1992.
(3)    Pilar Lirola Delgado “Al-Mu´tamid y los abbadíes”, pág.138, Fundación Ibn Tufayl.
(4)   Henri Pérès “Esplendor de al-Andalus”, pág. 78, Hiperión.
(5)   Henri Pérès “Esplendor de al-Andalus”, pág. 85, Hiperión.